miércoles, 17 de octubre de 2012

VARON





Wikipedia - La Enciclopedia Libre

Varón es un ser humano de sexo masculino,  independientemente de su edad. La palabra “varón” designa biológicamente al “machohumano, pero esta última expresión puede ser peyorativa y reservada a las especies animales y vegetales, mientras el varón es restringido al hombre como especie. La palabra «hombre» tiene un mayor abanico de conceptos y por lo mismo la palabra «varón» se usa cuando se quiere hacer una distinción sexual con la «mujer». Muchas veces la palabra «hombre» se usa para varones que han alcanzado su edad adulta, mientras la palabra «varón» no tiene en cuenta la edad. La palabra «varón» en castellano deriva del latín vir que traduce literalmente «viga»: el varón era para los romanos «la viga que sostiene la casa».

 

La testosterona es una hormona androgénica propia del macho en muchas especies, que permite desarrollar los músculos del varón con poco esfuerzo y es determinante en parte de su desarrollo físico y de las características sexuales secundarias.

El aparato reproductor masculino garantiza que el varón tenga la capacidad de fecundar el óvulo femenino y en ello la transmisión de la información genética por medio de la célula espermatozoidal. Los órganos sexuales primarios del varón son exteriores, a diferencia de los de la mujer que son internos. La andrología es la ciencia que estudia el aparato reproductor masculino.

Entre las características secundarias más comunes que empiezan a desarrollarse a partir de la pubertad y la edad viril (y que no necesariamente son siempre así) sin que su ausencia vaya en contra de la identidad masculina, se cuentan las siguientes:


Las características biológicas descritas arriba no bastan para definir la percepción que el propio individuo tiene de sí mismo. La materia se extiende al intrincado mundo de la psicología humana, se llama identidad sexual y comprende un largo proceso en el cual se entremezclan diversos elementos y la cultura circundante y qué idea tiene esta de la identidad sexual masculina. En algunos casos la identidad sexual no coincide con la biología o la genética.

Tanto varones como mujeres son víctimas del mismo tipo de enfermedades que azotan al género humano, pero cada género tiene una tendencia mayor a un determinado tipo. Las enfermedades que más se acentúan en el varón son el Autismo, el Daltonismo y el Mal de Alzheimer que ataca principalmente en la edad mayor, pero puede presentarse en varones jóvenes.

Las expectativas de vida masculina, como las femeninas, varían considerablemente de acuerdo al desarrollo de cada sociedad. Sin embargo los estudios estadísticos en muchos países, tanto ricos como pobres, coinciden en que las expectativas vitales de la mujer son superiores a las del varón en un rango de 5 años más para ellas, debido a las circunstancias de cada sexo, actualmente ésta distancia disminuye; y en un futuro no habrá prácticamente diferencia

En cuanto a la tasa de mortalidad infantil a nivel global, se considera que los varones recién nacidos tienen una mayor esperanza de vida que las niñas. A esto se suma que en muchas culturas del mundo la vida de la niña es trágicamente menos valorada que la del varón y en muchos casos su muerte es provocada en un abierto atentado contra los derechos del niño.

La desfase entre la población neonata masculina y femenina se equipara durante la adolescencia, tiempo en el cual aumenta en todos los continentes la morbilidad masculina por encima de la femenina debido a la tendencia natural del varón a participar o a ser inducido en confrontaciones armadas, guerras o simplemente en el desafío del peligro. Otros riesgos como el consumo de estupefacientes, alcohol, enfermedades de transmisión sexual y violencia urbana, mayor entre los varones que entre las muchachas, reducen la población masculina adolescente en todo el mundo.

En estos siglos tanto varones como mujeres tienen los mismos derechos y obligaciones por lo que la discriminación entre ambos estaría por demás.

En estos últimos años con el avance de la ciencia se ha destituido de las políticas de muchos países este concepto de machismo o feminismo, por tener orígenes dañinos, por haberse comprobado la igualdad intelectual, la capacidad física para todo tipo de trabajos en las mujeres, y psicologías favorables.

La más popular alteración física de la constitución sexual del varón es la circuncisión, una práctica muy antigua y que tiene desde razones religiosas hasta de salud. La circuncisión es una operación que se practica por lo general al recién nacido con la remoción del prepucio de su pene. Aparte de las razones religiosas que se tienen, la circuncisión ha probado ser un método de prevención contra el cáncer de pene. Pero la circuncisión no es tan restringida a un grupo religioso como muchos piensan. Las estadísticas hablan de que en el mundo por lo menos un 20% de los varones son circuncisos, especialmente en las sociedades judías, América del Norte, las Filipinas, Corea del Sur y los países musulmanes.

Un ser humano del género masculino es varón desde el momento en el cual es concebido: el espermatozoide contiene los cromosomas sexuales diferenciados XY, mientras la hembra tiene los cromosomas homogaméticos XX. La combinación cromosómica entre el espermatozoide y el óvulo determina el sexo del individuo concebido, lo que da como resultado que un feto pueda ser determinado como “hembra” si la combinación cromosómica es XX y como varón si es XY. La combinación genética XX es más frecuente que la combinación genética XY, mientras que la mortalidad infantil es menor en varones recién nacidos que en niñas.

El varón infante recibe el nombre de “niño” al menos hasta el inicio de su pubertad. También es popular llamarlo “mozo”, palabra que lo determina hasta su primera juventud (aproximadamente hasta los 20 años de edad). Durante este tiempo comienza todo el proceso de desarrollo físico, psicológico y social como “varón” que le permitiría desarrollar un rol determinado por la cultura a su condición humana masculina.

En este contexto, el varón que llega a la edad adulta y que alcanza todos los estereotipos sexuales y culturales, es llamado “hombre”. Es decir, el varón es un ser humano masculino maduro, preparado para desempeñar el rol sexual masculino en sociedad.

Cultura y estudios de género

La prevalencia del varón en las sociedades da lugar a lo que se ha denominado como el machismo. Áreas como la política, la religión y la ciencia entre otros han sido vistas tradicionalmente como “cosas de hombres” sin que deje de ser un supuesto asumido. En general este ha sido el elemento de batalla de los grupos feministas. Pero la figura del varón se ha visto además afectada por múltiples elementos culturales entre los cuales ha jugado un papel importante el fenómeno de globalización, el feminismo, las crisis sociales y otros factores. En cuanto a los Medios de comunicación, estos, dominados especialmente por la Civilización Occidental, han impuesto la figura greco-romana del varón atlético. En tal caso, la figura del varón occidental puede verse en muchos casos reflejada en países del mundo en donde adolescentes siguen las modas de cantantes y actores especialmente.

La discusión acerca de las diferencias entre varones y mujeres, especialmente en Occidente no es unánime. Psicológicamente, la asociación tradicional de aptitudes y actitudes a un género normalmente se basa en suposiciones consolidadas por el hábito de la observación directa, de la actividad y personalidad de las personas de ambos géneros en el contexto social. Esta asociación se arraiga principalmente en la edad infantil.

Los estereotipos masculinos varían según el nivel cultural de la sociedad, la edad y el momento histórico. Por ejemplo, estudiantes y personas adultas definen de forma diferente lo que se considera masculino. Los estudiantes elaboran unos estereotipos de rol de género más claramente definidos que las personas adultas. Los estereotipos masculinos normalmente están más definido que los estereotipos femeninos.  No obstante, esta asignación de características es cada vez más alejada de la realidad, por lo que los mismos estereotipos de género van cambiando paulatinamente, conforme al cambio de tareas tradicionalmente asignadas a uno de los dos sexos como, por ejemplo, la incorporación de la mujer al mundo laboral. Así mismo, el incremento de la actividad de las mujeres en los ámbitos deportivos propicia un cambio del estereotipo tradicional masculino.

Las sociedades y culturas orientales o más conservadoras, asumen muchos de esos estereotipos como lo que es o debe ser en el varón, pero la era de la globalización poco a poco los hace entrar en el debate. Entre los estereotipos más célebres se pueden enumerar:

  • Es más agresivo que la mujer.
  • Tiene un espíritu mayor de aventura y es más valiente ante el peligro que la mujer.
  • Tiene un espíritu de competitividad más amplio que el de la mujer.
  • Menos empatía y conciencia social que la mujer.
  • Una mayor seguridad personal, incluso al punto del orgullo y por lo tanto un mayor liderazgo que la mujer.
  • Menos emocional y más racional que la mujer.
  • Mayor capacidad técnica que la mujer.
  • Menos abierto al pensamiento abstracto que la mujer.

Muchos de estos paradigmas tienen fundamento científico, mientras que otros no. Por ejemplo, no es sencillo separar los elementos innatos de la biología masculina de aquellos que han sido influenciados por la cultura. En tal caso, la agresividad puede darse tanto en el varón como en la mujer de acuerdo al ambiente en que estos se desenvuelvan. La mayor masa corporal y muscular del varón y las culturas patriarcales contribuyen a acentuar el estereotipo de la agresividad masculina. Los grupos feministas en sus estudios señalan que en la violencia intrafamiliar, el abuso infantil, el maltrato infantil y la violencia contra la mujer, tienen como principal verdugo en la mayoría de los casos al varón tanto de países industrializados como en vías de desarrollo.

Algunos de estos estereotipos se asocian, en ocasiones erróneamente y en ocasiones acertadamente con los niveles de hormonas sexuales masculinas, como la testosterona, o la menor cantidad de hormonas sexuales femeninas, como los estrógenos. En el caso de la agresividad, tradicionalmente relacionada con el nivel de testosterona, algunos estudios indican que dicha relación no corresponde con sus resultados.

Desde su nacimiento se viste a los varones de celeste y se les enseña a creer que productividad, conquista, poder, hiperactividad y penetración son sinónimos de virilidad. De pequeños se les enseña a no llorar, a no ser vulnerables, a no quejarse, a no mostrar sus debilidades ni sus sentimientos y a ser autosuficientes y no pedir ayuda. Se les enseña a confundir acción y agresión con masculinidad, a rendir en los deportes aún a expensas de su propia salud, a exponerse a peligros y a deportes de riesgo. Las consecuencias de la adecuación a este marcado estereotipo social se las puede encontrar en los servicios de terapia intensiva de los hospitales con mayoría masculina, en la población carcelaria, donde la gran mayoría de los reclusos son varones, en las estadísticas de accidentes y en los hechos delictivos que leemos en los diarios

La educación masculina depende en gran parte de la discusión de los estereotipos masculinos en el grado en que estos sean asumidos por una sociedad. La educación entonces que parte desde el hogar dada al niño, pasa por la formal y se expresa en las relaciones sociales y en la imagen que presentan los medios de comunicación, tiene diversos matices que dependen de la cultura del país, continente o región del mundo.

La primera educación de la sexualidad y socialización del niño parte del hogar. El padre y la madre son los encargados de transmitir la primera información sobre el rol sexual que desempeñará el niño en sociedad. En general, el padre transmitirá al hijo varón las características psicológicas de su sexualidad. En ello entran en juego los paradigmas asumidos y las maneras de ser del varón en la sociedad en la que nació. La manera de vestirse, de llevar el cabello, de hablar, de modular la voz, el tipo de juegos, los juguetes, las exigencias disciplinarias diferenciadas entre el hijo varón y la hija mujer, la casi ausencia de cosméticos y otros muchos elementos, determinan poco a poco la conciencia propia del ser un varón en sociedad. Llegada la pubertad, el papel del padre adquiere un rol más activo en la educación del hijo varón. En muchas culturas este paso entre el niño y el hombre es celebrado. Entre culturas del orden natural como tribus y clanes, el muchacho debe afrontar un número determinado de desafíos que le permitirán ser respetado en su grupo social como un varón adulto. En antiguas culturas célebres por su formación militar como los griegos (Esparta por ejemplo), China, Japón (los Samurái), los Azteca, los Quechua y los Chibcha, el paso a la edad adulta del muchacho era marcado por su capacidad de prepararse como un guerrero y su aceptación y aprecio social nacían de su coraje demostrado en las luchas, artes marciales y batallas. Pero también la religión tiene un papel del primer orden en la formación masculina del muchacho. La pubertad está marcada por un rito de iniciación que da al muchacho un estatus social y religioso. Por ejemplo, para el Judaísmo este viene representado en el bar mitzvah, celebración que le da al varón adolescente el derecho de leer los libros sagrados en la Asamblea. Para el Cristianismo ese momento viene marcado por la Confirmación.

Pasada la pubertad, el muchacho comienza un camino de desarrollo final hacia la adultez en la cual compite por demostrar la capacidad de su identidad como varón. Los deportes de competencia y fuerza física, por ejemplo, adquieren una enorme importancia, el afán por tener una novia, el ingreso en un grupo social de adolescentes (la pandilla), la búsqueda de una vocación y otros son la preocupación del muchacho, situaciones no siempre pacíficas. Resta el peligro del consumo de drogas, alcohol, fumar, delincuencia y otros males sociales en el cual el joven ingresa en muchos casos llevado por el ánimo de una búsqueda de su propia identidad e independencia.

El rol sexual del varón adquiere su máxima plenitud en el matrimonio como marido y como padre. El rol masculino ha tenido una diversidad de influencias a lo largo de la historia. La Revolución industrial, la Revolución Femenina y otros momentos, han tenido sus consecuencias en la figura del padre y marido. Obviamente partimos de una lectura de Occidente, porque en otras culturas no occidentales, este papel puede estar marcado por una concepción más tradicionalista como la llamada Familia patriarcal en la cual la figura paterna es el centro de toda autoridad. En India y otros sitios de la tierra, se practica la dote en la cual el padre de la hija paga una cierta cantidad al padre del hijo varón. Dicha práctica trae como desventaja principal un cierto desdén en la concepción de las niñas, las cuales son vistas más como una carga y abre las puertas al infanticidio femenino. En otros países en cambio, como Camboya, la tradición es al contrario, es el padre del hijo varón quien da la dote al padre de la hija. Pero en ambos casos, la libertad de ambos jóvenes se ve restringida en la escogencia del cónyuge, la cual es decisión de sus padres. Casos similares se presentan entre las culturas musulmanas, muchas de las cuales todavía practican la poligamia, es decir, el varón puede casarse con varias mujeres.

  • Orientación sexual

No siempre la heterosexualidad en el varón fue vista como la única opción. De hecho, en sociedades antiguas la atracción hacia otros varones y la actividad sexual con ellos era considerada tan normal como la expresada hacia las mujeres, y esta característica predomina en la cultura grecorromana. La milicia utilizó este tipo de relaciones para unir a los guerreros con fines de autoprotección y compañerismo, mientras que ciertos autores griegos y latinos dan por hecho que todos los hombres sienten deseo homosexual en algún momento.

Masculinidad

Se entiende por masculinidad un conjunto de características asociadas al rol tradicional del hombre. Algunos ejemplos de esas características son la fuerza, la valentía, la virilidad, el triunfo, la competición, la seguridad, el no mostrar afectividad etc. De manera que a lo largo de la historia, y todavía hoy día, los hombres han sufrido una gran presión social para responder con comportamientos asociados a esos atributos.

Se entiende por «masculinidades» a un conjunto de construcciones culturales a través de la historia, por las cuales se les asignan a los varones ciertos roles sociales propios de su género. Desde esta perspectiva se le asignan, también, otras características a las mujeres.

La masculinidad hegemónica o Machismo están asociadas directamente con el patriarcado como lógica de relación y de comprensión del mundo, donde el varón es el género predominante en la condición humana. Esta postura antropológica es, desde hace varias décadas, cuestionada a partir de los estudios antipatriarcales, en particular en los estudios feministas. Estos análisis son reflexiones, en el mayor de los casos, de prácticas políticas asociadas a organizaciones de mujeres en busca de la liberación de las mismas.

 

Los estudios de género con respecto a las mujeres lograron cuestionar la política sexista como prescripción de género, pero no con respecto a los varones, por lo cual éstos quedaron fijados en su rol de género. De esta manera se esquematiza el rol del ejercicio de la masculinidad y se la confunde con la representación social reduciéndose así las diferencias entre los varones y aumentándolas con respecto a las mujeres.[1]


Dentro de los «roles» característicos que se les asigna a la masculinidad hegemónica se encuentran: virilidad, caballerosidad, superioridad, fortaleza, temple, competición, entre otros. Esto lleva a una división social del trabajo desigual donde el varón tiene un lugar en el mundo asociada a la fuerza de trabajo y la mujer al de la reproducción.

«Además, como es el más fuerte, el más inteligente, el racional, "el hombre de la casa", debe asumir como propias de su masculinidad una serie de tareas que lo hacen encarar obligaciones y funciones de manera aberrante (lo mismo que sucede en la mujer: como la lleva dentro por nueve meses, la parió y puede amamantarla, es la única capacitada y llamada al cuido de la prole). Así el hombre es el llamado al sostén y mantenimiento de la familia, a asumirse únicamente como proveedor de las cuestiones materiales de la familia (obviando nutrir con otros alimentos básicos de la convivencia humana), a no manifestar preocupaciones cuando la situación socioeconómica aprieta, etc.»

Las consecuencias de este marcado estereotipo social se puede encontrar en los servicios de terapia intensiva de los hospitales, en la población carcelaria, donde la gran mayoría de los reclusos son varones, en las estadísticas de accidentes, en los hechos delictivos que leemos en los diarios pues los varones tendrían una mayor propensión a cometer delitos, etc.
Ser varón es un factor de riesgo tanto para las estadísticas de suicidio como para las estadísticas de accidentes de tránsito.

Esto no se debe a que la violencia o la agresividad sean algo inherente al ser varón sino a que los varones son más reticentes a consultar cuando se sienten mal y por eso suelen terminar internados cuando la situación ya es grave, a que los varones tienden más que las mujeres a exponerse a situaciones de riesgo porque eso es lo que se espera de ellos y porque son empujados socialmente a la pelea, la disputa, la demostración de fuerza física y el despliegue muscular.


Desde su nacimiento se los viste de azul, se les enseña a no quejarse, a no mostrarse vulnerables porque eso significa debilidad, a no demostrar sus sentimientos en especial la ternura, a no pedir ayuda, a ser siempre activos y no mostrar su desconocimiento, a confundir acción y agresión con virilidad, a confundir el poder, la productividad, la conquista, la hiperactividad y la penetración con masculinidad, a luchar hasta no dar más, a rendir en los deportes a expensas de la propia salud, se les indica que no deben llorar, que deben competir y ganar siempre en las peleas, sobresalir en los deportes de riesgo, exponerse a peligros sin sentir temores, entre otros.


Desde muy pequeños a los varones se les retacea la ternura que se les brinda a las niñas condenándolos a la independencia, la madre les niega los besos y abrazos que prodiga a sus hermanas, no se los halaga por sus esfuerzos de seducción sino que se les enseña a no ser coquetos, no se los protege contra la angustia de la soledad porque «los hombres no tienen miedo», a través de frustraciones experimentan desde muy temprano el desamparo, su destete es más brutal que el de las niñas, se le dice «un hombre no pide besos», «un hombre no se mira en el espejo», «un hombre no llora». Se les inculca desde muy temprano el orgullo por la trascendencia de su sexo como compensación por todas las frustraciones padecidas.


Para la sociedad la eficiencia del varón se identifica exclusivamente con el rendimiento productivo, laboral, económico, profesional o bélico, sin tener en cuenta sus reales necesidades tanto emocionales como físicas, sus sentimientos, su salud física o mental o su deseo sexual. Los varones son compelidos a tener una vida sexual frecuente y a estar siempre disponibles, como si más fuera sinónimo de mejor, con lo que la sexualidad masculina se convertiría más en un mandato social que en un placer singular.


Pero como estos «valores masculinos» son socialmente más valorizados que los «valores femeninos», muchas veces los varones tienden a confundir más fácilmente identidad personal con identidad de género que las mujeres, o sea, lo que se espera de ellos según el estereotipo social, con lo que realmente son.

La búsqueda de nuevas masculinidades está asociada a la posibilidad de pensar un acompañamiento o una cooperación a los procesos de liberación de las mujeres. Estas nuevas masculinidades han establecido una brecha entre aquellos roles estereotipados históricamente y la posibilidad de establecer relaciones igualitarias entre varones, mujeres y otras identidades sexuales.

«Ciertos estudios confirman la existencia, en diferentes sociedades e incluso en una misma sociedad, de múltiples masculinidades. Ahora bien, algunos investigadores sociales encontraron, como un factor común en la mayoría de los grupos sociales por ellos estudiados, una misma tendencia a exaltar un modelo de masculinidad por encima de otros existentes, el cual se busca imponer de forma hegemónica a todos los varones pertenecientes al grupo. También establecieron que en la constitución de tales modelos hegemónicos intervienen factores de diferentes órdenes: políticos, económicos, sociales y culturales.»


Desde hace algunas décadas, varones preocupados por la imposición de relaciones de dominación sobre las mujeres a partir del patriarcado, se han comenzado a organizar para acompañar a las mujeres en sus luchas. Dichos colectivos de «Varones Antipatriarcales» hacen aportes a las críticas al capitalismo a partir de matrices de pensamiento alternativas, muchas veces ligadas a las prácticas feministas.

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