miércoles, 22 de mayo de 2013

ORIGEN DEL AMOR










El amor... ¿qué es el amor? Sentirlo es fácil, pero definirlo es en verdad difícil. Si le preguntas a un pez qué es el mar, el pez dirá: «Esto es el mar, mira a tu alrededor... y esto es lo que es». Pero si insistes: «Por favor defínelo», entonces el problema resultará muy difícil.
Las cosas mejores y más bellas de la vida pueden ser vividas, pueden ser conocidas, pero son difíciles de definir, son difíciles de describir.
 
Esta es la desgracia del hombre: durante los últimos cuatro o cinco mil años el hombre se ha limitado a hablar y hablar del amor, de eso que debiera haber vivido intensamente, de eso que ha de ser vivido desde el interior. Ha habido grandes conferencias sobre el amor; se han cantado canciones de amor, se han entonado himnos devocionales en los templos e iglesias. ¿Qué es lo que no se hace para alabar el amor? Y aun así no hay lugar para el amor en la vida del hombre. Si examinamos detenidamente el lenguaje del hombre, veremos que no existe palabra más falsa que «amor».
 
Todas las religiones predican el amor, pero la clase de amor que predomina, la clase de amor que ha envuelto a la Humanidad como una desgracia hereditaria, sólo ha conseguido cerrar todas las entradas al amor en la vida del hombre. Y las masas idolatran como creadores del amor a los líderes de las religiones. Estos han sido los que han falsificado al amor, los que han secado todas las corrientes del amor. Respecto a esto, no existe diferencia básica en cuanto a actitud entre Oriente y Occidente, entre la India y América.
 
El manantial del amor aún no emerge en la vida del hombre. Esta situación la atribuimos al hombre mismo. Decimos que el amor no ha surgido, que no hay una corriente de amor en nuestras vidas debido a que el hombre se halla viciado. Culpamos a nuestra mente; decimos que la mente es venenosa. La mente no es veneno. Aquellos que están corrompiendo a la mente han envenenado al amor, no han permitido que el amor florezca. Nada es venenoso en este mundo. No existe nada que sea malo en toda la creación de Dios; todo es néctar. Es el hombre quien ha convertido todo el néctar en veneno. Y los mayores culpables de esto son los llamados profesores, los denominados santones y santos, los políticos.
 
Reflexiona detenidamente sobre esto. Si esta enfermedad no es comprendida, si no es corregida ahora mismo, ni ahora ni en el futuro habrá posibilidades para el amor en la vida humana.
La ironía es que hemos aceptado ciegamente las justificaciones de este hecho, las cuales provienen de las mismas fuentes que son las culpables de que el amor aún no brille en el horizonte humano. Si se repiten, se reiteran, siglo tras siglo, los principios que nos hacen errar el camino, no lograremos ver la falsedad fundamental oculta tras los principios originales. Y entonces surge el caos, porque el hombre es intrínsecamente incapaz de convertirse en aquello que esas reglas antinaturales dicen que debería convertirse. Simplemente aceptamos que el hombre está errado.
 
He oído que en tiempos remotos, un buhonero de abanicos de mano solía pasar a diario frente al palacio de un rey, vociferando acerca de lo excepcionales y estupendos que eran los abanicos que tenía a la venta. Proclamaba que nunca nadie había fabricado ni visto abanicos como estos.
El rey tenía una colección de todo tipo de abanicos provenientes de todos los rincones del planeta. Sintió curiosidad y salió al balcón para ver al vendedor de tan extraordinarios y estupendos abanicos. Sin embargo, le pareció que los abanicos eran corrientes, a lo más, que valdrían una rupia cada uno, pero hizo llamar al hombre.
El rey preguntó: «¿Por qué son tan extraordinarios estos abanicos y cuál es su precio?»
El buhonero respondió: «Su Majestad, el precio no es muy alto. En comparación con la calidad de estos abanicos el precio es muy bajo. Cien rupias cada abanico».
El rey estaba asombrado. «¿Cien rupias? Estos abanicos que valen una rupia cada uno, que no valen más de diez pesetas, pueden encon-trarse en todas partes... ¿y pides cien rupias por cada uno? ¿Qué tienen de especial estos abanicos?»
El hombre dijo: «¡La calidad! Cada abanico está garantizado durante cien años. No se estropearán ni siquiera en cien años».
«Si me baso en su aspecto, parece imposible que duren ni siquiera una semana. ¿Estás tratando de engañarme? ¿Es esto un fraude total? ¿Y además al rey?»
El buhonero replicó: «¡Mi Señor! ¿Cómo me atrevería? Usted sabe muy bien, Señor, que paso diariamente bajo su balcón vendiendo abanicos... El precio es de cien rupias por abanico, y me hago res-ponsable si no dura cien años. Me podéis encontrar todos los días en la calle. Y además, sois el soberano de estas tierras, ¿cómo podría estar a salvo si os engaño?»
El abanico fue comprado por el precio solicitado. Aún cuando el rey no confiaba, se moría de curiosidad por saber en qué se basaba el buhonero para hacer esas afirmaciones. Se le ordenó al hombre que se presentara después de siete días.
La varilla central se desprendió en tres días, y el abanico se desintegró antes de una semana.
El rey estaba seguro de que el hombre de los abanicos nunca se presentaría nuevamente. Sin embargo, para su completa sorpresa, el hombre se presentó por su propia voluntad tal como se le había requerido: a tiempo, al séptimo día.
«¡A su servicio, su Señoría!»
El rey estaba furioso: «¡Canalla! ¿Eres un bobo? Mira, ahí está tu abanico, todo roto. Este es el estado en que se encuentra después de una semana y tú me garantizaste que duraría cien años. ¿Estás loco o eres un gran timador?»
El hombre replicó humildemente: «Con las debidas excusas, parece ser que mi Señor no sabe utilizar un abanico. El abanico debe durar cien años. Está garantizado... ¿Cómo lo utilizó?»
«El rey le dijo: «¡Dios mío! ¡Ahora también deberé aprender a utilizar un abanico!»
«Por favor no se enfade. ¿Cómo llegó el abanico a este estado en siete días? ¿Cómo lo utilizó?»
El rey tomó el abanico y le mostró la forma según la cual uno se abanica.
Y el hombre dijo: «Ahora comprendo el error. No ha de abanicarse de esa forma».
«¿Qué otro método existe para abanicarse?»
El hombre le explicó: «Sostenga el abanico; manténgalo inmóvil frente a usted y luego mueva la cabeza de un lado a otro. El abanico durará cien años. Puede que usted muera, pero el abanico seguirá intacto. El abanico no tiene nada malo. Su forma de abanicarse es la que está equivocada. Mantenga la cabeza inmóvil y agite el abanico. ¡Qué culpa tiene mi abanico! La culpa es suya, no de mi abanico».
 
¡La Humanidad, el hombre, es acusada de un error parecido! Observa nuestra Humanidad: El hombre se halla muy enfermo, consecuencia de cinco, seis o diez mil años de acumular enfermedad. Se afirma una y otra vez que es el hombre el que está mal, y no la cultura. El hombre se está pudriendo; la cultura es ensalzada. ¡Nuestra grandiosa cultura! ¡La grandiosa religión!... ¡Todo es grandioso! ¡y observa el resultado!
 
Afirman que el hombre está mal, que el hombre debiera cambiar. Y sin embargo, ningún hombre se pone en pie y cuestiona si las cosas son como debieran ser debido a que nuestra cultura y nuestra religión, que no han logrado llenar de amor al hombre desde hace diez mil años, están basadas en falsos valores. Y si el amor no se ha desarro-llado en los últimos diez mil años, cree mi palabra de que no existe ninguna posibilidad futura de un hombre amoroso si nos hemos de basar en esta cultura y religión. Lo que no pudo lograrse en los últimos diez mil años no puede ser alcanzado en los próximos diez mil años, porque el hombre de hoy será el mismo que el de mañana. Aun cuando las capas externas de etiqueta, civilización y tecnología cambian de una época a otra, el hombre es y será siempre el mismo.
 
¡No estamos dispuestos a reexaminar nuestra cultura y nuestra religión, y sin embargo las ensalzamos a voz en grito y besamos los pies de sus santos y custodios! Ni siquiera estamos dispuestos a mirar atrás, a reflexionar acerca de nuestra forma de vida y el curso de nuestro pensamiento para verificar si no nos conducen por caminos equivocados, si es que no están totalmente errados...
Quiero decir que la base es defectuosa, que los valores son falsos. Prueba de ello es el hombre actual. ¿Qué otra prueba podría haber?
 
Al plantar una semilla, ¿qué conclusión extraemos si los frutos son venenosos y amargos? Se deduce que la semilla debe de haber sido venenosa y amarga... Pero, por supuesto, es difícil vaticinar si una semilla determinada producirá o no frutos amargos. Puedes observarla, mirarla por todos lados, presionarla, romperla, sin embargo, no podrás predecir con seguridad si los frutos serán dulces o no lo serán. Tendrás que esperar la prueba del tiempo.
 
Planta una semilla. Una planta brotará. Pasarán los años y crecerá un árbol que se elevará más y más, sus ramas se extenderán hacia el cielo, dará frutos... y sólo entonces podrás saber si la semilla que plantaste era o no era amarga. El hombre moderno es el fruto de estas semillas de cultura y religión que fueron plantadas y nutridas hace diez mil años. Y este fruto es amargo, lleno de conflictos y sufrimiento.
 
Y sin embargo nosotros somos los que alabamos estas semillas y esperamos que el amor florezca de ellas. Eso no va a ocurrir, lo repito, porque la posibilidad misma de que el amor surja ha sido destruida por la religión. La posibilidad ha sido envenenada. Más que en el hombre, podemos ver el amor en las aves, animales y plantas; en aquellos que no tienen religión ni cultura. Podemos ver más amor en el hombre incivilizado, en un montañés subdesarrollado, que el que podemos encontrar en el mal llamado progresivo, culto y civilizado hombre actual. Y os lo recuerdo, los aborígenes no han desarrollado civilización, cultura o religión.
 
¿Por qué el hombre se está volviendo cada vez más estéril respecto al amor cuanto más civilizado, culto y religioso es, cuanto más acude a orar a templos e iglesias? Existen motivos, y quisiera discutirlos. El manantial perenne del amor podrá brotar si logramos comprender esto. Sin embargo, ahora está cubierto de piedras: no puede fluir. Está cerrado por todos lados, y el río Ganges no puede salir a borbotones, no puede fluir libremente.
 
El amor se halla en el interior del hombre. No es necesario importarlo desde el exterior. No es una mercancía que debamos adquirir en algún mercado. Está allí, como la fragancia de la vida. Está en el interior de todo el mundo. La búsqueda del amor, la aspiración de alcanzarlo, no es una acción positiva o un acto abierto de acudir a un lugar determinado y extraerlo...
 
Un escultor se hallaba tallando una roca. Alguien que había ido a ver cómo se hacía una estatua, observó que no había indicio alguno de una estatua. Sólo había una roca que era tallada aquí y allá con cincel y martillo.
El hombre preguntó: «¿Qué estás haciendo? ¿No vas a hacer una estatua? He venido a ver cómo se hace una estatua, pero veo que estás cincelando una roca».
El artista respondió: «La estatua se halla oculta en su interior. No es necesario hacerla. Sólo hay que quitar el volumen de piedra inútil que la cubre y la estatua aparecerá. Una estatua no se fabrica: es descubierta. Es desvelada, es traída a la luz».
 
El amor se halla encerrado en el interior del hombre: sólo hay que liberarlo. No se trata de producirlo: hay que descubrirlo. Sin embargo, ¿con qué nos hemos cubierto, qué es lo que le impide salir?
 
Trata de preguntarle a un médico qué es la salud. Es algo muy extraño el hecho de que ningún médico en el mundo pueda decirte qué es la salud. Aun cuando toda la ciencia médica se basa en la salud, ¿no hay nadie que pueda decirte qué es la salud? Si le preguntas a un doctor, te contestará que él puede decirte lo que son las enfermedades, lo que son los síntomas. Puede que conozca diferentes términos técnicos para todas y cada una de las enfermedades, y también puede prescribir la cura... ¿Pero la salud? Acerca de la salud no sabe nada. Sólo puede decir que la salud es aquello que queda cuando no está presente ninguna enfermedad. Esto se debe a que la salud se halla oculta en el interior del hombre. Trasciende sus posibilidades de definición.
 
La enfermedad proviene de afuera, y por tanto, puede ser definida; la salud proviene de nuestro interior, por lo tanto no puede ser definida. Se resiste a la definición. Sólo podemos decir que la salud es la ausencia de enfermedad. Eso está bien, ¿pero es ésta la definición de salud? En ella, no se dice nada respecto a la salud en sí. El hablar acerca de la ausencia de enfermedad nos dice algo acerca de la enfer-medad, no acerca de la salud. Y la verdad es que no es necesario crear la salud. O bien se halla oculta por la enfermedad o aparece si la enfermedad desaparece, si se retira o es expulsada. La salud se encuentra en nuestro interior; la salud es nuestra naturaleza.
 
El amor se halla en nuestro interior. El amor es nuestra naturaleza intrínseca. Es un completo error pedirle al hombre que dé amor. El problema no consiste en crear amor, sino en indagar y descubrir los motivos por los cuales no logra manifestarse. ¿Cuál es el obstáculo, la dificultad? ¿Dónde está el dique que lo refrena?
 
Si no existen barreras, el amor aparecerá. No es necesario per-suadirle o guiarle. Cada hombre se hallará lleno de amor si no existen barreras de falsa cultura o de tradiciones degradantes y dañinas. Nada puede sofocar al amor. El amor es inevitable. El amor es nuestra naturaleza.
El Ganges fluye desde los Himalayas. Su corriente de agua es fuerte y fluida. No le pregunta a un sacerdote por el camino hacia el océano. ¿Has visto alguna vez a un río en un cruce de caminos, soli-citándole a un policía las indicaciones para llegar al océano? Por muy lejos que el mar se encuentre, por oculto que esté, es seguro que el río hallará el camino. Eso es inevitable. Tiene el impulso interno. No tiene ninguna guía, pero es totalmente seguro que llegará a su destino. Socavará las montañas, cruzará las llanuras y atravesará el campo en su deseo de alcanzar el océano. Un deseo insaciable, una impresionante energía se aloja en lo más profundo de su corazón.
 
Sin embargo, ¿qué pasará si el hombre interpone obstáculos en su camino, si los seres humanos construyen diques? Un río supera, atraviesa las barreras naturales -que en realidad no constituyen un verdadero obstáculo para él- pero si el hombre crea barreras, si ingenieros humanos construyen diques que lo obstaculicen, es posible que el río nunca llegue al océano. Uno debiera tener presente la obvia diferencia en esta situación. El hombre, la inteligencia suprema de la creación, puede impedir, si así lo decide, que el río llegue al mar.
 
En la naturaleza existe una unidad fundamental, una armonía. Las obstrucciones, los aparentes obstáculos que se ven en la naturaleza, son desafíos para despertar la energía: cumplen la función de toques de clarinete que despiertan aquello que se halla latente en el interior. No existe desarmonía en la naturaleza.
 
Cuando sembramos una semilla, parece ser que la capa de tierra que se halla sobre la semilla la está presionando, le está impidiendo crecer. Es así como parece ser; pero en realidad, esa capa de tierra no constituye una obstrucción. Sin esa capa, la semilla no puede germi-nar: la tierra presiona a la semilla a fin de ablandarla, desintegrarla y transformarla en un árbol joven. Aparentemente, la tierra está sofocando a la semilla, pero la tierra sólo está realizando la labor de un amigo. Esta es una operación clínica. Si una semilla no se transforma en una planta pensamos que la tierra puede no ser la apropiada o que la semilla no ha tenido suficiente agua o suficiente luz solar. No culpamos a la semilla. Sin embargo, si no se producen flores en la vida del hombre, afirmamos que el hombre es el respon-sable de ello. Nadie piensa en abonos de mala calidad, en una falta o de agua o de luz solar, y hace algo en consecuencia. En este caso, todo se limita a acusar al hombre de «maligno». Y el hecho es que la planta del hombre se ha quedado subdesarrollada, ha sido reprimida por una actitud hostil, no ha logrado alcanzar el estado de florecimiento.
 
La naturaleza es una armonía rítmica, pero la artificialidad que el hombre ha impuesto sobre ella, la ingeniería que ha llevado a cabo sobre ella, el conocimiento mecánico que ha arrojado a la corriente de la vida, han creado obstrucciones en muchos lugares, han detenido el flujo... Y se culpa al río. Dicen: «El hombre es malo; la semilla es venenosa»...
 
Quiero atraer tu atención hacia el hecho de que los principales obstáculos han sido construidos por el hombre, creados por él mismo; de otro modo, el río del amor podría correr libremente y llegar al océano de Dios. El amor es algo inherente al hombre. Si los obstáculos son eliminados con discernimiento, el amor podrá fluir. El amor podrá elevarse hasta alcanzar a Dios, al Sublime Supremo.
 
¿Cuáles son estas imposiciones hechas por el hombre?
 
En primer lugar, la obstrucción más obvia ha sido la oposición al sexo, a la pasión. Esta prohibición ha destruido la posibilidad de que el amor nazca en el hombre.
 
Y la pura verdad es que el sexo es el punto de partida del amor. El sexo es el inicio del viaje en pos del amor. El origen, el Gangotri del Ganges del amor es el sexo, la pasión, y todo el mundo se comporta como si éste fuese el enemigo. Todas las culturas, todas las religiones, todos los gurús, todos los profetas y videntes han atacado a este Gangotri, a esta fuente, y el río se ha quedado detenido allá arriba. El vocerío público siempre ha dicho que el sexo es un pecado, que es irreligioso: el sexo es veneno. Nunca nos damos cuenta de que, en último término, es la misma energía sexual la que viaja y llega al océano del amor. El amor es la transformación de la energía sexual. El amor florece de la semilla del sexo.
 
Si ves un trozo de carbón, no se te ocurriría pensar que ese carbón, si es transformado, se convertirá en diamante. Los elementos pre-sentes en el carbón son los mismos que en el diamante. En esencia, no existe diferencia fundamental entre los dos. Después de ser some-tido a un proceso de miles de años, el carbón se convierte en dia-mante. Pero al carbón no se le otorga importancia alguna. Si es alma-cenado en una casa, se le pone en un lugar en que no sea visto por los visitantes, mientras que los diamantes, se llevan alrededor del cuello, sobre el pecho, de modo que todo el mundo pueda verlos. El diamante y el carbón son lo mismo, aun cuando son dos puntos de la jornada del mismo elemento y sin embargo, ¿es acaso obvia en alguna parte del mundo esta afinidad interna entre ellos? Si te transformas en un enemigo del carbón -lo que sería muy natural, dado que a primera vista el carbón sólo puede ofrecer hollín negro- la posibilidad de su transformación en diamante finalizaría en ese punto. Ese mismo carbón podría haberse transformado en un diamante; sin embargo, odiamos al carbón, y de allí la anulación de cualquier posibilidad de progreso posterior.
 
Sólo la energía del sexo puede florecer en amor; pero todo el mundo, incluyendo a los grandes pensadores de la Humanidad, están en su contra. La oposición no permite que la semilla germine. El palacio del amor es saboteado desde sus cimientos. La hostilidad en contra del sexo ha destruido la posibilidad del amor. Al carbón se le niega la posibilidad de transformarse en diamante.
 
Es debido a este concepto fundamental erróneo que nadie siente la necesidad de atravesar las etapas de aceptación, desarrollo y transformación del sexo. ¿Cómo podemos transformar algo de lo cual somos enemigos, ante lo cual nos oponemos, con lo cual estamos en guerra constante?
 
Al hombre se le ha impuesto una lucha constante en contra de su energía. Se le enseña a luchar en contra de la energía sexual, a oponerse a las tendencias sexuales.
 
«La mente es veneno; por lo tanto, lucha contra ella». Pero la mente está en el hombre y el sexo también. Y sin embargo, se espera del hombre que se encuentre libre de conflictos internos; se espera de él que tenga una existencia armoniosa. Debe luchar en contra de los conflictos y también hacer la paz con ellos; esas son las enseñanzas de sus líderes. Por un lado, hacen que el hombre se vuelva loco, y por el otro, construyen manicomios para someterlo a tratamiento. Esparcen los gérmenes de la enfermedad y construyen, paralelamente, los hospitales para curarla.
 
Otra consideración importante es que el hombre no puede ser separado del sexo. El sexo es su origen: es allí donde nace. Dios ha aceptado la energía del sexo como el punto de partida de la creación. ¡Y los «grandes hombres» lo consideran un pecado, mientras que el mismo Dios no lo considera así! Si Dios considerara el sexo como un pecado, significaría que no hay pecador más grande que Dios en este mundo, en el universo.
 
¿Has pensado alguna vez que el florecimiento de una planta es una expresión de pasión, que es un acto sexual? Un pavo real danza en toda su gloria, y un poeta hará una canción de ello. Un santo también se sentirá lleno de júbilo. Pero ¿no se dan cuenta que la danza es también una expresión abierta de pasión, de que es también, en lo fundamental, un acto sexual? ¿A quién desea agradar el pavo real con su danza? El pavo está llamando a su amada, a su pareja. Los pájaros, el cucú, cantan; un hombre llega a la adolescencia, una muchacha se transforma en una mujer; ¿Qué es todo esto? ¿Qué juego es éste? Todo eso son indicaciones de amor, de energía sexual. Esas manifestaciones son formas transformadas del sexo, expresiones del amor. Burbujean con energía, reconocen y aceptan al sexo, a la vida. La vida entera: todos los actos, las actitudes, las tendencias, corresponden al florecimiento de la energía sexual primaria.
 
La religión y la cultura están volcando, en la mente del hombre, veneno en contra del sexo. Intentan crear un conflicto, una guerra. El hombre se halla luchando en contra de su energía primaria, y de ese modo se ha vuelto débil y extraño, tosco y vulgar, falto de amor y lleno de nada.
 
Debemos ser amigos y no enemigos del sexo. El sexo debiera ser elevado a alturas más puras.
Un sabio, mientras bendecía a la pareja de recién casados, le dijo a la novia: «Que seas madre de diez niños y que, finalmente, tu esposo se transforme en tu décimo primer hijo».
 
Si la pasión es transformada, la esposa puede transformarse en una madre; si la lascivia es trascendida, el sexo puede transformarse en amor. Sólo la energía sexual puede florecer en una fuerza amorosa, pero hemos llenado al hombre de oposición hacia el sexo. Y el resultado es que el amor no ha florecido. Lo que ha de llegar, lo venidero sólo puede ser posible si se acepta el sexo. La corriente del amor no puede crecer debido a la oposición cerrada. Al contrario: el sexo, se mantiene agitándose en el interior y la consciencia del hombre se halla así enturbiada por la sexualidad.
 
La conciencia moral del hombre se está volviendo más y más sexual. Nuestras canciones, poemas, pinturas e incluso las figuras de ídolos en el templo están virtualmente centradas en torno al sexo, porque nuestras mentes también se hallan rotando en torno al eje sexual. ¡Ninguno de los animales del mundo es tan sexual como el hombre! El hombre es sexual por donde quiera que se le mire; despierto o dormido, en sus modales así como en su conducta. Siempre está obsesionado por el sexo.
Debido a este rechazo, a esta oposición, a esta represión, el hombre se halla arruinado en su interior. No podrá nunca, debido a sus constantes conflictos internos, liberarse de aquello que es la raíz misma de su vida. Todo su ser se ha vuelto neurótico. Está enfermo. Esta sexualidad pervertida que es tan evidente en el hombre se debe a los mal llamados líderes y santos. Ellos son los culpables de esto. La posibilidad de que el amor florezca seguirá siendo nula hasta que el hombre se libere de estos profesores, moralistas y líderes religiosos y de sus falsos sermones.
 
Recuerdo una historia.
Un domingo, un pobre granjero salía de su casa. Al llegar a la verja, se encontró con un amigo de la infancia que venía a visitarlo. El granjero dijo: «¡Bienvenido! ¿Dónde has estado durante tantos años? Entra... pero prometí ir a ver a unos amigos y me es difícil posponer ese compromiso. Por favor descansa en mi casa. Regresaré en una hora, más o menos. Volveré pronto y podremos conversar largo y tendido».
El amigo respondió: «¡Oh, no! ¿No sería mejor que fuera contigo? Mis ropas están sucias... si me pudieras dar ropa limpia, me podría cambiar e ir contigo».
Mucho tiempo atrás, el rey le había regalado al granjero unos vestidos muy valiosos y él los había conservado para alguna gran ocasión. Alegremente los fue a buscar. El amigo se vistió con el precioso abrigo, se puso el turbante, el dhoti y los atractivos zapatos. Parecía un rey. Mirando a su amigo, el granjero sintió un poco de envidia. Comparado con él, el granjero parecía un sirviente. Pensó que había sido un error haberle prestado su mejor vestido. El granjero se empezó a sentir inferior. Ahora, pensó, todo el mundo miraría al amigo y él parecería ser un asistente, un sirviente.
Intentó aquietar su mente diciéndose a sí mismo que era un buen amigo, un hombre de Dios; que sólo debía pensar en Dios y en las cosas buenas. «Después de todo, ¿qué importancia tiene un hermoso abrigo o un buen turbante?»
 
Sin embargo, mientras más trataba de convencerse a sí mismo, más se obsesionaba con el abrigo y el turbante.
En el camino, y aunque iban juntos, los transeúntes sólo miraban al amigo. Nadie se daba cuenta de la presencia del granjero. Empezó a sentirse deprimido. Conversaba con su amigo, pero interiormente sólo pensaba en el abrigo y el turbante.
Llegaron a la casa a la cual se dirigían y presentó a su amigo: «Este es mi amigo, un amigo de la niñez. Es un gran hombre...»; pero de pronto explotó, «... y las ropas son mías». Esto fue debido a que todos los habitantes de la casa tenían la vista fija en su amigo, observando sus hermosas vestiduras. Y en el interior del granjero se había iniciado un diálogo: el abrigo, el turbante; mi abrigo, mi tur-bante... y esto seguía y seguía. Estaba obsesionado con ellos y na-turalmente, lo que había sido reprimido, escapó de sus labios: «... y las ropa son mías».
El amigo se quedó aturdido. Los dueños de la casa también se sorprendieron. También él se dio cuenta de su impertinente ob-servación, pero ya era tarde. Internamente se arrepintió del desacierto y se reprochó el patinazo.
Al irse de la casa se disculpó con su amigo. El amigo dijo: «Me quedé anonadado. ¿Cómo pudiste hablar así?»
El granjero le contestó: «Lo siento, es mi lengua. Cometí un error».
Pero la lengua nunca miente. Las palabras salen de la boca sólo si algo de lo que se dice se halla presente en la mente. La lengua nunca comete un error.
Dijo: «Perdóname. ¿Por qué lo dije?, no lo sé». Pero él sabía perfectamente cómo la idea había surgido en su mente.
Encaminaron sus pasos hacia la casa de otro amigo. Ahora, internamente, él estaba tomando la firme decisión de no decir que las vestiduras eran suyas. Estaba fortaleciendo su mente. Al llegar a la verja de la casa, ya había adoptado la firme decisión de que no iba a mencionar que la ropa era suya. Pero ese tonto no sabía que cuanto más se imponía a sí mismo el no decir nada, más firmemente se enraizaba su sentimiento interno de que él era el dueño de esas vestiduras.
 
Por otra parte, ¿en qué ocasiones se adoptan las decisiones firmes? El significado del hecho de que un hombre tome una firme decisión, por ejemplo: un voto de celibato, es que la sexualidad está intentando desesperadamente salir desde adentro. Un hombre decide que desde hoy comerá menos o que comerá rápido. Eso implica que tuvo que decidir eso porque profundamente desea comer más. Y estos esfuerzos producen, inevitablemente, un conflicto interno. Somos lo que nuestras debilidades son. Pero decidimos ponerles freno, resolvemos luchar en su contra. Esto, naturalmente, se transforma en fuente de conflicto subconsciente.
 
Así, enfrascado en su lucha interna, nuestro granjero entró en la casa. Comenzó con mucha cautela. «El es mi amigo...» Pero mientras decía esto, se dio cuenta de que nadie le prestaba ninguna atención sino que todos miraban asombrados a su amigo y a su vestimenta. Y eso le alteró, «Estos son mi abrigo y mi turbante». Se recordó a sí mismo que no tenía que hablar de la ropa, porque así lo había resuelto.
«Todo el mundo tiene ropa, de un tipo o de otro, pobres o ricas. Eso es un asunto trivial». Se explicó a sí mismo, pero las ropas se balanceaban ante sus ojos como un péndulo, desde afuera hacia adentro y desde adentro hacia afuera
Reanudó la presentación: «El es mi amigo. ¡Un amigo de la infancia! Es una excelente persona... y las ropas son suyas y no mías».
Los presentes se sorprendieron. Nunca habían oído presentar a un amigo de esa forma... «Las ropas son suyas, y no mías».
 
Después de salir, se disculpó por el tremendo desatino que había cometido. Se sentía confundido acerca de qué hacer y qué no hacer así como respecto a lo que le estaba pasando. Decía: «Hasta ahora, nunca unos vestidos me habían obsesionado de esta forma. ¡Oh, Dios! ¿Qué me ha ocurrido?»
El pobre individuo no sabía que la técnica que estaba empleando consigo mismo era tal que incluso si Dios la pusiera en práctica, las ropas también le obsesionarían.
Indignado, el amigo le dijo que ya no deseaba ir a ninguna parte con él. El granjero se aferró a sus pies y le dijo: «Por favor no hagas eso. Me sentiría desgraciado durante el resto de mi vida por haber sido tan descortés con un amigo. Juro que ya no mencionaré las ropas. Juro por Dios, de todo corazón, que ya no mencionaré las ropas».
 
Pero uno debiera siempre fijarse en aquellos que juran, porque en su interior albergan un sentimiento mucho más profundo. La mente superficial adopta una resolución, pero aquello en contra de lo cual apunta el juramento, sigue estando contenido en los laberintos de la mente subconsciente. Si la mente se halla dividida en diez partes, es una parte, la más superficial, la que se compromete con las reso-luciones, mientras que las restantes nueve partes están en su contra. El voto de celibato es adoptado por una parte, mientras que la otra parte que está loca por el sexo, pide llorando aquello que Dios ha implantado en el hombre.
 
Sea como fuere, se dirigieron a la casa de un tercer amigo. Ahora, intentó contenerse rigurosamente a sí mismo. Las personas reprimidas son muy peligrosas porque en su interior hay un volcán en actividad. Externamente están rígidas y reprimidas, pero la falta de expresión se halla absolutamente constreñida en su interior.
 
Y por favor, recuerda que un logro forzado no puede ser constante ni completo debido al inmenso esfuerzo que requiere. Por fuerza deberás relajarte en algún momento. Tendrás que descansar... ¿Por cuánto tiempo puedo mantener el puño apretado?¿Veinticuatro horas? Cuanto más lo apriete, más me cansaré y más pronto lo abriré. Esfuérzate más; pon más energía, y más pronto te cansarás y la reacción será la opuesta e igual de rápida. La palma puede permanecer abierta todo el tiempo, pero no puede permanecer cerrada todo el tiempo. Algo que te cansa tanto no puede constituir una forma natural de vida. Siempre que fuerces algo, necesitarás un lapso de tiempo para descansar. Así cuanto más santo sea el adepto, más peligroso será. En veinticuatro horas de represión -siguiendo las normas de las escrituras-, tendrá que relajarse durante una hora; un rato. Durante este período de descanso, aparecerán en oleada todos los pecados reprimidos y se encontrará en medio de un infierno.
De modo que el granjero se había estado reprimiendo rigurosamente a sí mismo para no hablar de las ropas. Imagina su estado: aunque seas una persona poco religiosa, te podrás imaginar su condición mental. Si juraste algo alguna vez o tomaste votos o te reprimiste por uno u otro motivo religioso, debes comprender perfectamente bien el lamentable estado en que su mente se encontraba.
Entraron en la siguiente casa. El granjero estaba transpirando profusamente; estaba exhausto. El amigo también estaba preocupado. El granjero estaba muy tenso y ansioso. Pronunció con lentitud y cautela cada una de las palabras de la presentación: «El... es... mi... amigo. Es un..., viejo... amigo. Es... un hombre... muy bueno». Titubeó por un instante. Un gran impulso surgió desde su interior y se sintió arrastrado. Dijo abruptamente, en voz alta: «Y las ropas... Perdónenme. No diré nada acerca de ellas, pues he jurado no hablar de su vestido».
 
Lo que le ocurrió a este hombre le ha estado ocurriendo a toda la Humanidad. El sexo se ha transformado en una obsesión, en una enfermedad, en una perversión. Está envenenado debido a la condena a que ha sido sometido
 
Desde su más tierna edad a los niños se les enseña que el sexo es pecado. A las niñas se les dice, a los niños se les advierte, que el sexo es pecado. Una niña crece. Un niño crece. Viene la adolescencia. Contraen matrimonio. Y así se inicia un viaje hacia la pasión, con la convicción establecida de que el sexo es pecado. A la muchacha también se le dice que su esposo es un dios. ¿Cómo puede reverenciar como a un dios a alguien que la conduce al pecado? Al muchacho se le dice que ella es su esposa, su pareja, su compañera. Las escrituras afirman que la mujer es la entrada al infierno, una fuente de pecado. El muchacho siente que tiene a un demonio viviente como compañero en la vida. El muchacho piensa: «¿Es ésta mi amada mitad; mi amada e infernal y pecaminosa mitad?» ¿Cómo va a haber armonía en su vida?
 
Las enseñanzas tradicionales han destruido la vida conyugal en el mundo entero. Cuando existen prejuicios acerca de la vida conyugal, cuando ésta se halla envenenada, no existe la posibilidad del amor. Si marido y mujer no pueden amarse libremente el uno al otro -lo cual es inherente y muy natural- ¿quién va a amar a quién? Esta angustiosa situación, este amor enturbiado, puede ser purificado, puede ser elevado a alturas tan sublimes que puede romper todas las barreras, resolver todos los complejos y sumergirlos en regocijo puro y divino. Esta sublimación es posible. Pero si la semilla misma es destruida, si es secada, envenenada, ¿qué puede brotar de ella? ¿Cómo podrá llegar a ser una rosa de amor supremo?
 
Un asceta errante estaba acampado en un pueblo. Un hombre se le acercó y le dijo que deseaba conocer a Dios. El asceta le preguntó: «¿Has amado a alguien alguna vez?»
«No, no he caído en cosa tan mundana. Nunca me he rebajado tanto, porque es a Dios a quien deseo alcanzar».
 
El asceta le preguntó de nuevo: «¿Nunca has experimentado las congojas del amor?»
El buscador le respondió enfáticamente: «Te estoy diciendo la verdad».
El pobre hombre decía la verdad porque en el ámbito de la religión, el amor es motivo de descalificación. Tenía la seguridad de que si respondía que había amado a alguien, el asceta le pediría que se deshiciera del amor de inmediato, que renunciase a ese apego, que dejara atrás las emociones mundanas antes de solicitar su guía. Así que, aunque pudiera haber amado a alguien alguna vez, tuvo que responder negativamente. ¿Cómo puedes encontrar a un hombre que ni siquiera haya amado un poco?
 
El monje preguntó por tercera vez: «Dime algo. Revisa cuidadosamente. ¿No has amado ni un poco siquiera, a alguien, a quien fuera?»
El aspirante le contestó: «Perdóname, pero ¿por qué insistes en la misma pregunta? No tocaría siquiera al amor con una vara de tres metros porque deseo alcanzar la autorealización. Deseo la cualidad divina».
 
A esto, el asceta replicó: «Tendrás que disculparme. Por favor vete y acude a otro, pues mi experiencia me dice que si hubieras amado a alguien, a alguna persona, poco o mucho, si tan sólo hubieses tenido un atisbo del amor, yo podría ayudarte a expandirlo, yo podría guiarte para hacerlo crecer y probablemente llegarías a Dios. Sin embargo, si nunca has amado, no posees nada en tu interior. No tienes una semilla que pueda convertirse en un árbol. ¡Así que ve y busca a otro, amigo mío! Si no hay amor, no veo abertura alguna para que Dios entre».
Del mismo modo, si no hay amor entre marido y mujer... Cometerás un lamentable error si crees que el marido que no ama realmente a su esposa puede amar a sus hijos. A la esposa le será posible amar a su hijo en el mismo grado en que ame a su esposo, porque el niño es el reflejo de su esposo. Si no hay amor por el esposo, ¿cómo podrá haber amor hacia el hijo? Y si al hijo no se le da amor -nutrir y criar no es amar- ¿cómo esperas que ame a su madre o a su padre?... Una familia es una unidad de vida. El mundo mismo es también una gran familia. Pero la vida familiar se halla envenenada debido a la condenación del sexo, y luego nos quejamos diciendo que el amor no está presente por ningún lado. En estas circunstancias, ¿cómo puedes esperar que haya amor?
Todo el mundo afirma que ama: la madre, la esposa, el hijo, el hermano, la hermana, el amigo; todos dicen que aman. Pero si observas la vida en su totalidad, no verás amor en ella. Si tanta gente estuviera llena de amor tendría que haber una lluvia de amor, habría un jardín lleno de flores; flores y más flores. Si hubiese una lámpara de amor encendida en cada hogar, ¿cuánta luz de amor no habría en el mundo? En vez de eso, descubrimos una persistente atmósfera de aversión. No hay ni un solo rayo de amor en este lamentable estado de cosas.
 
Es un esnobismo el creer que el amor se halla presente en todas partes y mientras permanezcamos sumergidos en esta ilusión, ni si-quiera podrá iniciarse la búsqueda de la verdad. Aquí nadie ama a nadie, y mientras el sexo natural no sea aceptado sin reservas, no podrá haber amor. Hasta entonces, nadie podrá amar a nadie.
 
Lo que deseo decir es esto: que el sexo es divino. La energía básica y primaria del sexo tiene en sí el reflejo de Dios. Esto es evidente, pues tiene la energía para crear una nueva vida. Y ésta es la fuerza más grande y misteriosa. Deja de ser su enemigo. Si anhelas una lluvia de amor en la vida, renuncia al conflicto con el sexo. Acepta el sexo con alegría, reconoce su cualidad sagrada. Recíbelo con gra-titud y acéptalo más y más profundamente. Te sorprendería el descubrir cuán sagrado se revela el sexo cuanto más le brindas una sagrada aceptación. Y cuanto más pecaminosa e irreverente sea tu actitud, más feo y pecaminoso se reflejará el sexo. Cuando uno se acerca a la esposa, debería albergar una actitud sagrada, como si estuviera acudiendo a un templo. Y cuando la esposa se acerca al esposo, debiera sentirse llena de reverencia, como si se acercara a Dios. Pues en el sexo los amantes viven el acto sexual, y esa etapa se halla muy cercana al templo de Dios, en donde El se manifiesta en una creativa ausencia de formas.
 
Y mi conjetura es que el hombre obtuvo el primer luminoso vislumbre del samadhi - la contemplación no cognitiva - en la historia humana, durante la relación sexual. Únicamente durante el acto sexual el hombre se dio cuenta de que es posible experimentar un amor tan profundo, una dicha tan luminosa. Y aquellos que meditaron en esta verdad, en la actitud mental correcta - en este fenómeno del sexo y la relación sexual- llegaron a la conclusión de que en los instantes del clímax la mente se vacía de pensamientos. Todos los pensamientos se van en esos instantes, y este vacío mental, esta vacuidad, esta nada, esta congelación de la mente es la causa de la lluvia de pura alegría divina.
 
Habiendo descifrado el secreto hasta este punto, el hombre profundizó aún más, para saber si la mente puede ser liberada de los pensamientos; si las ondas de pensamiento, de la consciencia, pueden ser aquietadas por algún otro proceso y obtener igualmente un éxtasis tan grandioso y puro.Y es así cómo se desarrolló el yoga, la meditación y la oración.
El nuevo enfoque probó que, incluso sin unión sexual, la consciencia puede ser aquietada y los pensamientos evaporados. El deleite de prodigiosas proporciones que se obtiene durante el acto sexual también puede ser experimentado sin ese acto sexual. Sin embargo, el acto sexual, debido a la misma naturaleza del proceso, sólo puede ser momentáneo, puesto que en él se consume el vigor, el flujo de la energía.
 
Así entonces, deseo deciros que el goce puro, el amor más refinado, la paz beatífica en que un yogi se encuentra todo el tiempo, una pareja lo obtiene sólo por un instante. Sin embargo, no existe diferencia básica u oposición entre los dos estados. Y es así que aquél que afirmó que el vishyanand y el brahmanand -aquél que se deja llevar en los placeres sensuales y aquél que se complace en Brahma- son hermanos, dijo involuntariamente una verdad. Ambos crecen del mismo útero; la única diferencia es la distancia que hay entre el cielo y la tierra.
 
Ahora, en esta etapa, deseo entregar el primer principio. El primer requisito, la primera condición si deseas conocer la verdad elemental del amor, es aceptar la cualidad sagrada, la divinidad del sexo de la misma forma que aceptas las existencia de Dios: con un corazón abierto, Cuanto mayor sea la aceptación del sexo con una mente y un corazón abiertos, más te liberarás de él. Cuanto mayor sea la represión, más atado estarás a él, tal y como ese granjero que se enredó con las ropas. Cuanto más aceptas, más te liberas. ¡La aceptación total de la vida, lo natural de la vida, lo que Dios ha dado a la vida, te llevará al dominio más alto de la Divinidad! ¡A alturas desconocidas de lo sublime!
 
A esa aceptación, yo la llamo teísmo. Y esa confianza en Dios es una puerta hacia la emancipación. Considero como ateísmo a aquellos mandamientos que impiden que el hombre acepte lo que es natural en la vida y en el divino plan. «Oponte a esto en la vida, suprime esto en la vida. Lo natural es pecado, es malo, es lascivia; deja esto, deja eso otro». Todo esto constituye ateísmo, tal y como yo lo entiendo. Aquellos que predican la renuncia son ateos.
 
Acepta la vida en su forma pura y natural, sumérgete en su plenitud. Esa plenitud te elevará poco a poco. La mismísima aceptación eleva al hombre a aquellas serenas alturas que no imaginó ni en el sexo ni en sus actos. Si el sexo es carbón, es seguro que vendrá el día en que se convierta en un diamante... y ése es el primer principio. La segunda cosa fundamental que deseo decirte se refiere a lo que, hasta ahora, la civilización, la cultura y la religión del hombre ha forzado en nuestro interior. Y eso es la consciencia de «yo soy», el ego.
 
El primer principio incita a la energía sexual a fluir hacia el amor, pero la valla del «yo» le ha acordonado como un muro. El amor no puede fluir. El «yo» es muy poderoso, tanto en el hombre bueno como en el malo, en lo no sagrado y en lo sagrado. La gente mala impone el «yo» de muchas formas, pero la gente buena también hace ostentación de su «yo». Desean ir al paraíso, desean ser liberados, han renunciado al mundo, han construido templos, no cometen pecados, tienen que hacer esto, desean hacer eso otro, etcétera. Pero ese «yo», ese indicador guía, se halla omnipresente. Y cuanto más fuerte es el ego de una persona, más difícil le resulta unirse con alguien, porque el ego se interpone; el «yo» aparece. Es un muro. Proclama, «Tú eres tú y yo soy yo». Y por eso sucede que la experiencia más íntima no puede acercar a las personas entre sí; los cuerpos están muy cerca, pero las personas están separadas. Mientras haya un «yo» en nuestro interior, la sensación del «otro» no puede ser evitada.
 
Sartre (filosofo francés) ha dicho algo estupendo en alguna parte: «El otro es el infierno». Pero no explica por qué el otro es el infierno o por qué el otro es el otro. El otro es el otro porque yo soy yo; y mientras yo sea yo, todo el resto del mundo que me rodea será «el otro», diferente y separado, segregado, sin afinidad entre los dos. Y mientras exista esa sensación de separación, el amor no podrá volverse una realidad. El amor es la experiencia de unidad. La experiencia del amor es la demolición de los muros, la fusión de dos energías. El amor es el éxtasis en que los muros ambos se desmoronan, en donde las vidas se encuentran y se unen. Cuando una armonía tal se da entre dos personas, la llamo amor; si se presenta entre una persona y las masas, la llamo comunión con Dios.
 
Si puedes sumergirte conmigo en una experiencia tal que todas las barreras se derritan y tenga lugar una ósmosis en un nivel espiritual, entonces, eso es amor. Y si como consecuencia de un entendimiento directo, tal unidad se produce entre mi persona y todos, de modo que yo pierda mi identidad en el Todo, entonces ocurre ese logro, entonces allí se da la fusión con Dios, el Todopoderoso, el Omnisciente, la Consciencia Universal, el Supremo, o como quiera que Lo llames.
Por tanto, afirmo que el amor es el primer paso y que Dios es el último paso: el destino final...
 
¿Cómo es posible entonces olvidarme a mí mismo? A menos que me disuelva a mí mismo, ¿cómo podrá el otro unirse conmigo? El otro es creado como reacción a mi «yo». Cuanto más alto encumbre mi «yo», más fuerte se vuelve la existencia del «otro», el eco del «yo».
¿Y qué es este «yo?» ¿Alguna vez has pensado en esto con detenimiento? ¿ Está en tu pierna o en tu mano, o en tu cabeza o en tu corazón? ¿O es simplemente el ego?
¿Qué es y dónde está tu «yo»? La sensación de que existe está allí, pero no está en ningún lugar preciso.
 
Siéntate en silencio por unos instantes y busca ese «yo». Te sor-prenderá el descubrir que, a pesar de buscar intensamente, no podrás encontrar ese «yo» en ninguna parte. Cuanto más profundamente busques en tu interior, más te convencerás de que no hay ningún «yo», de que no hay un ego como tal. ¡Ah! El «yo» no se encuentra allí donde reside la verdad acerca del Yo.
El emperador Malind envió a buscar al muy respetado monje Nagsen para agraciar a la corte.
El mensajero llegó donde Nagsen y le dijo: «¡Monje Nagsen! El emperador desea verte. He venido a invitarte».
Nagsen le contestó: «Si deseas que vaya, iré; pero deberás per-donarme, pues no hay ningún Nagsen aquí. Es sólo un nombre, un nombre temporal».
El mensajero informó al emperador de que ese hombre era un hombre muy extraño. Había contestado que vendría, pero que allí no había ningún Nagsen. El emperador quedó atónito.
Nagsen llegó a la hora convenida en un carruaje real, y el emperador le recibió en la entrada.
«¡Monje Nagsen, te doy la bienvenida!», exclamó.
Al oír esto, el monje comenzó a reír: «Acepto tu hospitalidad como Nagsen; pero por favor recuerda que no hay nadie que se llame Nagsen».
El emperador dijo: «Estás hablando en forma enigmática. Si tú no eres tú, ¿quién ha aceptado la invitación? ¿Quién está respondiendo a esta bienvenida?»
Nagsen miró hacia atrás y dijo: «¿No es éste el carruaje en el que vine?»
«Sí, éste es».
El monje dijo: «Por favor, soltad los caballos». Así se hizo.
El monje preguntó, señalando a los caballos: «¿Es éste el ca-rruaje?»
El emperador respondió: «¿Cómo pueden los caballos ser llamados un carruaje?»
A una señal del monje los caballos fueron desenganchados y a otra señal suya, las varas utilizadas para atar a los caballos fueron también retiradas.
«¿Son estas varas el carruaje?»
«¿Cómo pueden estas varas ser llamadas un carruaje?»
Entonces fueron desmontadas las ruedas.
«¿Son estas ruedas tu carruaje?»
«Por supuesto que no; éstas son las ruedas y no el carruaje».
El monje siguió ordenando que desensamblaran todas las partes, una por una, y respecto a cada una de ellas el emperador tuvo que decir que no eran el carruaje. Finalmente, no quedó nada. El monje preguntó: «¿Dónde está tu carruaje ahora? Respecto a todas y cada una de las partes que fuimos quitando, afirmaste que no eran tu carruaje... Entonces dime, ¿dónde está ahora tu carruaje?»
El emperador quedó asombrado ante esta revelación.
El monje prosiguió: «¿Me entiendes? El carruaje era un montaje. Era un conjunto de cosas. El carruaje no tenía un ser propio. Por favor, ve donde está tu ego, tu «yo». Verás que el «yo» no está en ninguna parte: es una asociación de muchas energías, y eso es todo. Piensa en cada uno de tus miembros, en cada uno de tus aspectos. Todo será eliminado, una cosa tras otra y, finalmente, sólo quedará la nada. El amor surge de esa nada, pues tú no eres esa nada. Esa nada es Dios».
En un pueblo, un hombre instaló una gran tienda para vender pescado, con un gran cartel: «Aquí se vende pescado fresco».
El primer día llegó un hombre a la tienda y leyó: «Aquí se vende pescado fresco».
«¿Pescado fresco? ¿Acaso se vende pescado rancio en alguna parte? ¡Para qué escribir «Pescado fresco»!
El tendero vio que tenía razón. Y por otra parte, «fresco» también sugería la idea de «rancio» a los clientes. Eliminó «Fresco» del cartel. El cartel ahora decía: «Aquí se vende pescado».
Una anciana llegó a la tienda al día siguiente y leyó en voz alta: «Aquí se vende pescado. ¿Acaso vendes pescado en alguna otra parte?»
El tendero respondió: «No». «Aquí» fue eliminado; el cartel ahora decía: «Se vende pescado».
Al tercer día, otro cliente fue a la tienda y dijo: «Se vende pescado? ¿Acaso alguien obsequia pescado?»
Las palabras «Se vende», fueron también eliminadas. Ahora sólo quedaba «Pescado».
Un hombre de edad llegó y le dijo al tendero: «¿Pescado?». Incluso desde muy lejos, hasta un ciego sabe que aquí venden pescado, debido al olor.
«Pescado», fue también eliminado. El cartel estaba ahora en blanco.
Alguien que pasaba dijo: ¿Para qué tener un cartel en blanco? El cartel fue quitado.
Después del proceso de eliminación, no quedó nada. Se eliminó una cosa después de la otra, y lo que quedó fue la nada, un vacío.
 
El amor puede nacer de esa vacuidad. Un vacío puede fundirse con otro vacío. Un cero puede unirse con otro cero, en forma total. Dos individuos no pueden encontrarse, pero dos vacíos sí pueden, pues ahora ya no hay barrera. Todo tiene paredes, pero el vacío no las tiene.
Así que la segunda cosa que hay que recordar es que el amor nace sólo cuando la individualidad desaparece, cuando el «yo» y el «otro» ya no existen. Sea lo que sea que permanece entonces, es el Todo, lo Ilimitado, pero no el «yo».
Cuando eso se logra, las barreras se rompen, y ocurre el desbor-damiento del Ganges, que se halla siempre presto a desbordarse.
 
Cavamos un pozo. El agua se encuentra allí dentro, no hay que traerla de alguna otra parte. Sólo cavamos y quitamos tierra y piedras. ¿Qué estamos haciendo? Creamos un vacío. Cavar un pozo significa crear un vacío, de modo que el agua que se halla oculta debajo encuentre un espacio para emerger, para aparecer. Aquello que está adentro desea espacio; anhela un vacío - que no tiene - para salir, para manar a chorros. El pozo está lleno de arena y piedras. Apenas quitemos la arena y las piedras, el agua emergerá. En forma similar, un hombre se halla lleno de amor, pero éste requiere espacio para aflorar a la superficie. Mientras tu alma, tu corazón, se hallen afirmando al «yo», serás un pozo lleno de arena y piedras, y mientras tanto, el flujo del amor no emergerá en tu pozo...
He oído contar la historia de un antiguo y majestuoso árbol, cuyas ramas se extendían hacia el cielo. Cuando llegaba la estación de las flores, mariposas de todas las formas, tamaños y colores, bailaban a su alrededor. Las aves de países lejanos venían y cantaban cuando sus flores maduraban y fructificaban. Las ramas, como manos extendidas, bendecían a todos los que acudían a sentarse bajo su sombra.
 
Un niñito solía venir a jugar junto a él y el gran árbol se encariñó con el pequeño.
El amor entre lo grande y lo pequeño es posible, si el grande no es consciente de su grandeza. El árbol no sabía que era grande, sólo el hombre tiene ese tipo de ideas. La prioridad de lo grande siempre es el ego, pero para el amor no hay grande o pequeño; el amor abraza a quienquiera que se le acerque.
 
Así, el árbol comenzó a amar a ese pequeño que solía venir a jugar cerca de él. Las ramas eran altas, pero las inclinaba hacia el niño, de modo que pudiera coger sus flores y frutos.
El amor siempre cede; el ego nunca está dispuesto a inclinarse. Si te acercas al ego, sus ramas se estirarán aún más arriba, se pondrá rígido para que no puedas alcanzarlo. El niño juguetón se acercaba a él, y el árbol inclinaba sus ramas. El árbol se alegraba mucho cuando el niño cogía algunas flores; todo su ser se llenaba con la alegría del amor.
 
El amor siempre está feliz cuando puede dar algo; el ego siempre está contento cuando puede obtener algo.
 
El niño creció. A veces dormía en el regazo del árbol, comía sus frutos y en ocasiones lucía una corona con sus flores y actuaba como un rey de la jungla.
Uno se vuelve como un rey dondequiera que haya flores de amor; y uno se vuelve pobre y lleno de sufrimiento siempre que las espinas del ego están presentes.
Ver al niño danzando con una corona de flores, llenaba al árbol de emoción, de alegría. Asentía con amor, cantaba con la brisa...
El niño creció aún más. Comenzó a trepar por el árbol para balancearse en sus ramas. El árbol se sentía muy contento cuando el niño descansaba en sus ramas.
El amor se siente feliz dándole comodidad a alguien; el ego se siente feliz incomodando a todo el mundo.
Con el paso del tiempo, el niño recibió el peso de nuevas tareas. También surgió la ambición; tuvo que pasar exámenes; tenía amigos con los cuales solía conversar y curiosear; por tanto, no acudía con frecuencia. Pero el árbol le esperaba ansiosamente. Desde su alma le llamaba «¡Ven, ven! Te estoy esperando».
El amor espera día y noche. Y el árbol esperaba. Se sentía triste cuando el niño no acudía. El amor se siente triste cuando no puede compartir; el amor se siente triste cuando no puede dar. El amor se siente agradecido cuando puede compartir. El amor está contentísimo cuando puede entregarse totalmente.
A medida que crecía, el niño visitaba cada vez menos al árbol. El hombre que se vuelve mayor, cuyas ambiciones crecen, encuentra menos y menos tiempo para el amor. El muchacho se hallaba ahora absorto en los asuntos mundanos.
Un día que pasaba por allí, el árbol le dijo: «Te espero siempre, pero no vienes. Te espero todos los días».
El muchacho le contestó: «¿Qué quieres? ¿Por qué debo venir? ¿Tienes dinero? Ando en busca de dinero».
El ego siempre actúa según razones. El ego acudirá sólo si con ello se cumple algún propósito. Pero el amor es inmotivado. El amor es su propia recompensa.
El árbol, sorprendido, dijo: «¿ Vendrás únicamente si te doy algo?» Aquello que posee, no es amor. El ego acumula, pero el amor da en forma incondicional.
«No sufrimos esa enfermedad, y por eso estamos alegres», dijo el árbol. «Los capullos florecen en nosotros, muchos frutos crecen en nosotros. Damos una sombra tranquilizadora, sedante. Danzamos con la brisa y cantamos canciones. Las aves inocentes saltan y trinan en nuestras ramas, aunque estemos sin dinero. El día en que nos involucremos con el dinero, tendremos que ir a los templos como hacen tus débiles hombres para aprender a obtener la paz, y para aprender a encontrar el amor. No, no tenemos ninguna necesidad de dinero».
El muchacho dijo: «Entonces, ¿para qué tengo que visitarte? Iré donde haya dinero. Necesito dinero».
El ego pide dinero porque necesita poder.
El árbol pensó unos instantes y dijo: «No vayas a ningún otro lado. Recoge mis frutos y véndelos. Obtendrás dinero con ello».
 
El niño se entusiasmó, inmediatamente trepó y cogió todas las frutas, incluso las que no estaban maduras El árbol se sintió contento, aun cuando algunas ramas y brotes resultaron quebrados, aun cuando cayeron algunas hojas al suelo. Incluso el recibir heridas hace feliz al amor, pero aunque obtenga algo, el ego no está contento, el ego siempre desea más.
 
El árbol no se dio cuenta de que el muchacho ni siquiera se volvió una sola vez a darle las gracias. El que hubiera aceptado su oferta de recoger y vender los frutos era suficiente agradecimiento para él.
Durante mucho tiempo el muchacho no regresó. Ahora tenía dinero y estaba ocupado generando más dinero con ese dinero. Había olvidado totalmente al árbol.
 
Pasaron los años. El árbol estaba triste. Anhelaba el regreso del muchacho, como una madre cuyos pechos se hallan llenos de leche, pero cuyo hijo se ha perdido. Todo su ser está anhelando al niño, busca enloquecidamente al niño para que la alivie. Tal era el grito in-terno de ese árbol. Todo su ser estaba en agonía.
 
Después de muchos años, el muchacho, que ahora era un hombre, fue a ver al árbol.
El árbol le dijo: «Ven, mi niño. Ven, abrázame». El muchacho le contestó: «Deja el sentimentalismo. Eso era cosa de la niñez. Ya no soy un niño».
El ego toma al amor por locura, por una fantasía infantil. Pero el árbol le invitó: «Ven, balancéate sobre mis ramas. Danza. Juega conmigo».
El hombre respondió: «Deja la charla inútil. Deseo construirme una casa. ¿Puedes darme una casa?»
El árbol exclamó: «¿Una casa?... Yo vivo sin una casa. Sólo los hombres viven en casas. Nadie más vive en casas; solamente el hombre. ¿Te das cuenta del estado en que se encuentra debido a su confinamiento entre cuatro paredes? Cuanto más grandes son los edificios que construye, más pequeño se vuelve el hombre. No vivimos en casas... pero puedes cortar y llevarte mis ramas y con ellas podrás construirte una casa».
Sin perder tiempo, el hombre trajo un hacha y cortó todas las ramas del árbol. El árbol era ahora un mero tronco desnudo. Pero al árbol no le importaban estas cosas. Aunque sus miembros fueran amputados para aquellos a los que amaba.
El amor es dar; siempre está dispuesto a dar.
El hombre no se molestó en mostrar su agradecimiento al árbol. Construyó su casa... Los días se convirtieron en años. El tronco esperó y esperó. Deseaba gritar, pero ni siquiera tenía ramas u hojas que le dieran fuerza. El viento soplaba, pero no podía entregar al viento ningún mensaje. Pero aun así, en su alma sólo había una oración: «Ven, ven, querido. Ven». Pero nada ocurría.
El tiempo pasó, y el hombre era ahora un anciano. Una vez pasó por allí y se detuvo junto al árbol.
El árbol le preguntó: «¿Qué más puedo hacer por ti? Has venido después de mucho, mucho tiempo.»
El hombre le dijo: «¿Qué más puedes hacer? Quiero viajar a países distantes para ganar dinero. Necesito un bote para poder viajar».
Con alegría el árbol dijo: «Pero, eso no es un problema, querido. Corta mi tronco y haz un bote con él. Estaré muy contento de ayudarte a que viajes a países lejanos a ganar dinero... Pero, por favor recuerda que siempre estaré esperando tu regreso.
El hombre trajo una sierra, cortó el árbol, fabricó un bote y se fue. Ahora el árbol era una pequeña cepa. Y sigue esperando, a que su amado regrese. Espera, espera y espera.
 
El hombre nunca regresará; el ego sólo va allí donde puede obtener algo, y ahora el árbol no tiene nada, no tiene nada absolutamente que ofrecer. El ego no acude allí donde no puede lograr algún beneficio. El ego es un eterno mendigo, siempre pidiendo, exigiendo algo.
El amor es bondad. El amor es un rey, un emperador. ¿Existe acaso un rey más grande que el amor?
Una noche yo me encontraba descansando cerca de esa cepa. La cepa susurró: «Ese amigo mío aún no ha regresado. Estoy muy preo-cupado: puede que se haya ahogado, que se haya perdido. Pudo haberse extraviado en uno de esos países lejanos. Puede que haya muerto. ¡Cuánto deseo tener noticias suyas! A medida que me acerco al fin de mi vida, me sentiría satisfecho al menos con las noticias de su bienestar. Entonces podría morir contento. Pero él no vendría ni aunque le llamase, porque ya no me queda nada que dar, y él sólo entiende el lenguaje del obtener, del recibir.»
El ego sólo comprende el lenguaje de obtener. El amor es el lenguaje del dar.
 
No puedo decir más que eso. ¡Ah! Además, no hay nada más que decir que esto.
Si la vida pudiese ser como ese árbol, extendiendo ampliamente sus ramas, de modo que todos y cada uno pudiéramos guarecernos bajo su sombra, entonces podríamos comprender lo que es el amor.
No existen escrituras, mapas o diccionarios para el amor. Tampoco existe un conjunto determinado de principios.
 
Yo estaba preguntándome acerca de lo que podría decir respecto al amor. Es difícil describirlo. El amor está simplemente presente. Probablemente puedes verlo en mis ojos, si vienes y los miras. Me pregunto si se le puede sentir como cuando mis brazos se extienden para abrazarte.
El amor. ¿Qué es el amor? ... Si no lo sientes en mis ojos, en mis brazos, en mi silencio, nunca podrás entenderlo con mis palabras.
 
Agradezco vuestra paciente escucha y me postro ante el Gran Arquitecto del Universo, que está en todos vosotros.
 
Aceptad por favor mis respetos.

Primera charla
Bharatiya Vidya Bhavan Auditorium
Bombay, agosto 28, 1968

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