ÁCIDOS GRASOS DE CADENA CORTA Y EL EJE INTESTINO-CEREBRO
Una Perspectiva Integrativa desde la Medicina y la Ciencia Contemplativa
Dr. Harvey Rivadeneira Galiano
Médico e Investigador | Medicina Tradicional China
Filosofía Contemplativa Budista.
Quito, Ecuador | Junio, 2026
PROLOGO
En el largo camino del conocimiento humano, pocas disciplinas han revelado conexiones tan profundas y sorprendentes como la microbiología intestinal y la neurociencia. A lo largo de mis décadas de práctica médica, investigación clínica y estudio de las tradiciones contemplativas de Oriente y Occidente, he podido apreciar que la salud del ser humano es, en esencia, una expresión de equilibrio: entre el cuerpo y la mente, entre el individuo y su entorno, entre lo visible y lo que permanece oculto a los sentidos ordinarios.
El documento que ha motivado la redacción de este artículo, publicado originalmente bajo la autoría del Dr. Joseph Mercola y difundido a través de Biblioteca Pléyades en junio de 2026, aborda un tema que, aunque pertenece al ámbito de la bioquímica y la fisiología moderna, resuena con verdades antiguas sobre la unidad del organismo humano. La relación entre el intestino y el cerebro —el llamado eje gut-brain— no es una novedad para la Medicina Tradicional China, que durante milenios ha reconocido en el sistema digestivo la sede de energías vitales que modulan el pensamiento, las emociones y la fortaleza espiritual del ser humano.
Presento este artículo con el propósito de acercar al lector —sea estudiante de ciencias médicas, practicante de tradiciones contemplativas o simple buscador de la verdad— a una de las fronteras más fecundas de la ciencia contemporánea: la producción intestinal de ácidos grasos de cadena corta (AGCC), y particularmente del butirato, como mensajeros bioquímicos que vinculan la salud digestiva con el bienestar cerebral, emocional y metabólico. Que estas páginas sirvan como una pequeña contribución al gran edificio del conocimiento humano, ofrecida con la misma gratuidad con que el maestro comparte la luz con su discípulo.
Dr. Harvey Rivadeneira Galiano
Quito, junio de 2026
INTRODUCCIÓN
Durante siglos, la medicina occidental mantuvo una visión compartimentada del organismo humano, en la que el cerebro y el intestino se concebían como sistemas funcionalmente independientes, cuya comunicación era, en el mejor de los casos, tangencial. Sin embargo, las últimas décadas de investigación científica han venido a confirmar lo que tradiciones médicas como la china y la ayurvédica habían intuido desde la antigüedad: que existe una comunicación bidireccional, constante y profunda entre el tracto gastrointestinal y el sistema nervioso central.
Este nexo funcional, denominado eje intestino-cerebro (gut-brain axis), involucra vías neurales —especialmente el nervio vago—, hormonales, inmunológicas y metabólicas. En el centro de este entramado se encuentran los ácidos grasos de cadena corta (AGCC): moléculas pequeñas, producidas por la fermentación bacteriana de la fibra dietética en el intestino grueso, que han demostrado tener efectos mensurables no solo sobre la mucosa intestinal, sino también sobre la función cerebral, la regulación del estado de ánimo, la respuesta al estrés y la memoria.
El presente artículo ofrece una revisión estructurada de la evidencia científica disponible sobre los (ácidos grasos de cadena corta) AGCC —con especial énfasis en el butirato—, sus mecanismos de acción, su relación con la dieta moderna, y las estrategias propuestas para restaurar su producción. La perspectiva adoptada integra los hallazgos de la ciencia biomédica con una visión holística del ser humano, coherente tanto con la Medicina Tradicional China como con la comprensión filosófica del cuerpo como templo del espíritu.
El artículo se estructura en cinco grandes secciones: (1) fundamentos de los AGCC y su producción intestinal; (2) el eje intestino-cerebro y los mecanismos de comunicación; (3) implicaciones clínicas y patológicas del déficit de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC; (4) estrategias para restaurar la producción de butirato; y (5) conclusiones e integración del conocimiento.
CONTENIDO
I. Los Ácidos Grasos de Cadena Corta: Fundamentos y Producción
Los ácidos grasos de cadena corta son metabolitos producidos principalmente en el colon mediante la fermentación anaeróbica de fibra dietética soluble por parte de bacterias intestinales específicas. Los tres (ácidos grasos de cadena corta) AGCC más estudiados son el acetato, el propionato y el butirato, cada uno con funciones bioquímicas diferenciadas pero complementarias.
El butirato —también llamado ácido butírico o butirato de sodio en sus formas salinas— ocupa un lugar preponderante en la investigación científica reciente. Sirve como fuente de energía primaria para los colonocitos (las células epiteliales del colon), produciendo trifosfato de adenosina (ATP) a través de la betaoxidación mitocondrial. Cuando el butirato es escaso, los colonocitos se debilitan, la pared intestinal se vuelve más permeable y las endotoxinas bacterianas —en particular los lipopolisacáridos (LPS)— pueden filtrarse hacia el torrente sanguíneo, desencadenando una cascada inflamatoria sistémica.
El propionato, por su parte, ha sido vinculado a la regulación de la glucemia y la sensación de saciedad, mientras que el acetato participa en la señalización cerebral y el metabolismo lipídico. Juntos, estos tres compuestos constituyen lo que podríamos denominar el lenguaje químico del microbioma intestinal hacia el resto del organismo.
La producción de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC depende críticamente de la disponibilidad de fibra fermentable en la dieta. Bacterias como Faecalibacterium prausnitzii, Roseburia intestinalis y Eubacterium hallii son especialmente activas en la síntesis de butirato a partir del almidón resistente y la inulina. El consumo habitual de alimentos ricos en estos sustratos —como plátanos verdes, patatas cocidas y enfriadas, ajo, cebolla, puerro y achicoria— nutre estas bacterias y sostiene la producción de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC.
Las diferencias en la ingesta de fibra entre poblaciones son llamativas. Grupos cazadores-recolectores como los Hadza de Tanzania consumen entre 80 y 150 gramos de fibra al día. En contraste, la dieta occidental típica aporta apenas 15 a 20 gramos diarios, muy por debajo de lo necesario para mantener un microbioma robusto y una producción óptima de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC. Esta brecha nutricional tiene consecuencias medibles sobre la composición del microbioma y sobre la abundancia de sus metabolitos.
II. El Eje Intestino-Cerebro: Vías de Comunicación
La comunicación entre el intestino y el cerebro opera a través de cuatro grandes vías que actúan de manera sinérgica: la vía neural, la vía hormonal, la vía inmunológica y la acción directa de metabolitos como los (ácidos grasos de cadena corta) AGCC.
2.1 La Vía Neural: El Nervio Vago
El nervio vago —décimo par craneal— constituye la autopista principal de comunicación entre el sistema nervioso entérico (el llamado «segundo cerebro», compuesto por más de 500 millones de neuronas distribuidas a lo largo del tubo digestivo) y el sistema nervioso central. Las investigaciones sugieren que los (ácidos grasos de cadena corta) AGCC pueden estimular las terminaciones vagales en el intestino, modulando así funciones tan variadas como la respuesta al estrés, el apetito y los estados afectivos.
2.2 La Vía Hormonal: GLP-1 y Péptido YY
Los (ácidos grasos de cadena corta) AGCC estimulan la secreción de hormonas intestinales clave: el péptido glucagón-símil tipo 1 (GLP-1) y el péptido YY. Estas hormonas señalizan saciedad al hipotálamo, regulan la glucemia y parecen influir sobre la sensibilidad a la insulina. Es relevante notar que los agonistas farmacológicos del receptor de GLP-1 —como la semaglutida, conocida comercialmente como Ozempic— actúan sobre la misma vía que el microbioma estimula de manera endógena cuando el ecosistema intestinal es saludable. Esto plantea una reflexión importante: ¿podría la restauración del microbioma intestinal ofrecer efectos análogos a ciertos fármacos metabólicos, sin sus efectos adversos?
2.3 La Vía Inmunológica
El butirato ha demostrado, en estudios preclínicos, la capacidad de modular la actividad de los macrófagos inflamatorios y de fomentar la expansión de linfocitos T reguladores (Treg). Estas células son fundamentales para mantener la tolerancia inmunológica y controlar la inflamación sistémica. Cuando el butirato escasea, el equilibrio inmunológico se desplaza hacia estados proinflamatorios que pueden alcanzar el cerebro a través de la barrera hematoencefálica.
2.4 Acción Epigenética: Inhibición de HDAC y Expresión del BDNF
Uno de los hallazgos más fascinantes de la investigación reciente es la capacidad del butirato para inhibir las enzimas histona-deacetilasa (HDAC), modificando así la expresión génica en el cerebro. Este mecanismo epigenético —en el que un metabolito producido en el intestino altera la lectura del ADN neuronal— se ha asociado con cambios en la expresión del Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro (BDNF), una proteína esencial para el aprendizaje, la memoria y la regulación del estado de ánimo. Investigaciones en fase inicial exploran su relevancia en condiciones como el Alzheimer, la depresión y los trastornos del espectro autista.
2.5 El Eje HPA y la Resiliencia al Estrés
Los AGCC han sido estudiados también en relación con el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), el sistema que gobierna la respuesta fisiológica al estrés. En estudios preclínicos y observacionales, el butirato se ha asociado con una menor reactividad del eje HPA, lo que podría explicar por qué niveles más altos de AGCC parecen correlacionarse con menor ansiedad autorreportada y mayor estabilidad emocional ante situaciones de estrés. Esta es una de las ventanas más prometedoras para comprender la biología de la resiliencia psíquica.
III. Implicaciones Clínicas del Déficit de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC
La disminución en la producción de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC, secundaria a dietas pobres en fibra, consumo de alimentos ultraprocesados y aceites vegetales ricos en ácido linoleico, tiene consecuencias clínicas que trascienden la esfera gastrointestinal. La investigación científica ha asociado —con diferentes grados de evidencia— los niveles bajos de AGCC con las siguientes condiciones:
• Intestino permeable (leaky gut) e inflamación sistémica crónica, con incremento de endotoxinas como LPS en sangre.
• Resistencia a la insulina y diabetes tipo 2, por alteración en la señalización glucémica y el metabolismo energético.
• Enfermedad de Parkinson, en la que se han documentado alteraciones tempranas en la composición del microbioma y en la producción de AGCC antes de la aparición de síntomas motores.
• Colitis ulcerativa y enfermedad de Crohn, donde el butirato ha mostrado efectos beneficiosos en ensayos clínicos mediante enemas de butirato y suplementos orales.
• Depresión y trastornos del estado de ánimo, mediados posiblemente por la reducción en la expresión de BDNF y la desregulación del eje HPA.
• Obesidad y síndrome metabólico, vinculados a la alteración en la liberación de GLP-1 y péptido YY intestinales.
• Esclerosis múltiple, donde estudios preliminares han explorado el papel del butirato como modulador de la respuesta inmune autorreactiva.
Es importante subrayar, siguiendo el rigor científico que merece toda discusión médica, que la mayoría de estas asociaciones provienen de estudios observacionales y experimentales preclínicos. Los mecanismos causales específicos en humanos están aún siendo estudiados y no pueden asumirse como definitivamente establecidos. No obstante, el peso acumulado de la evidencia señala hacia los (ácidos grasos de cadena corta) AGCC como actores centrales en la fisiología de la salud y la enfermedad.
IV. Estrategias para Restaurar la Producción de Butirato:
La restauración de niveles óptimos de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC no es un proceso inmediato ni uniforme para todos los individuos. Depende en gran medida del estado previo del microbioma y del epitelio intestinal. El enfoque que emerge de la investigación actual sugiere una secuencia gradual y estratégica, que puede sistematizarse en las siguientes etapas:
4.1 Evaluación del Estado Intestinal
Antes de modificar la dieta, es esencial valorar el estado del ecosistema intestinal. Señales de alarma que indican un intestino comprometido incluyen: múltiples intolerancias alimentarias, distensión y dolor tras el consumo de alimentos ricos en fibra, estreñimiento crónico, o, por el contrario, diarrea persistente. En presencia de estos síntomas, la introducción precipitada de fibra fermentable puede agravar el problema al nutrir poblaciones bacterianas patógenas.
4.2 Fase de Calma Digestiva
En individuos con disbiosis significativa, la fase inicial consiste en reducir la carga fermentativa ofreciendo al intestino fuentes de carbohidratos de digestión simple: fruta entera y arroz blanco. Estos alimentos aportan energía estable sin estimular la fermentación bacteriana excesiva. Una vez que los síntomas ceden, se puede avanzar a la siguiente fase.
4.3 Reintroducción Gradual de Fibra Fermentable
La fibra fermentable —particularmente el almidón resistente y la inulina— constituye el sustrato indispensable para las bacterias productoras de butirato. Los alimentos más estudiados en este contexto incluyen:
• Plátanos verdes y plátano macho: ricos en almidón resistente tipo 2.
• Patatas (papas) cocidas y luego enfriadas: el proceso de enfriamiento convierte el almidón digerible en almidón resistente tipo 3.
• Ajo, cebolla y puerro: fuentes de fructooligosacáridos (FOS) e inulina, que nutren específicamente a Faecalibacterium prausnitzii.
• Cítricos: sustrato accesible para diversas cepas productoras de butirato.
• Alimentos fermentados como chucrut crudo y kéfir: fuentes de diversidad microbiana, siempre que sean bien tolerados.
Los aceites vegetales ricos en ácido linoleico (soja, maíz, girasol, canola) parecen alterar la composición del microbioma de manera desfavorable. Su sustitución por grasas más estables —ghee, mantequilla de animales en pastoreo, sebo— contribuye a crear un terreno intestinal más propicio para las bacterias productoras de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC. Esta recomendación conecta con los principios de la nutrición ancestral y con las observaciones empíricas de numerosas tradiciones médicas.
4.5 Hábitos de Vida y Coherencia Circadiana
El microbioma intestinal no responde solo a lo que comemos, sino también a cómo vivimos. La exposición a la luz solar matutina, el sueño regular, la gestión del estrés crónico —mediante respiración, movimiento y prácticas contemplativas— y el respeto por los ritmos circadianos (incluyendo un ayuno nocturno de al menos tres horas antes de dormir) son factores que la investigación ha vinculado con una mayor diversidad y estabilidad del microbioma y con una producción más robusta de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC.
4.6 Intervenciones Terapéuticas Estudiadas
Más allá de las estrategias dietéticas y de estilo de vida, la investigación científica ha explorado intervenciones terapéuticas directas para elevar los niveles de (ácidos grasos de cadena corta) AGCC:
• Suplementos de butirato encapsulado: diseñados para liberar el compuesto en el colon. Aún en fase de estudio y no equivalentes a la producción microbiana endógena.
• Enemas de butirato: empleados en ensayos clínicos con colitis ulcerativa, con reportes de mejoría sintomática en algunos pacientes.
• Trasplante de microbiota fecal (TMF): terapia aprobada por la FDA para infecciones recurrentes por Clostridioides difficile; en investigación preliminar para otras condiciones como el Parkinson.
Cabe reiterar que estas intervenciones deben considerarse siempre en el contexto de una evaluación médica individualizada. Los resultados de los estudios preclínicos y clínicos no son uniformes y pueden no ser generalizables a todos los individuos.
Los ácidos grasos de cadena corta, y el butirato en particular, representan uno de los puentes más fascinantes que la ciencia moderna ha comenzado a cartografiar entre el cuerpo y la mente, entre el intestino y el cerebro. Lo que durante siglos fue conocimiento intuitivo —expresado en la Medicina Tradicional China como la relación funcional entre el Bazo-Páncreas, el Estómago y la actividad cognitivo-emocional del ser humano— está siendo hoy corroborado mediante herramientas moleculares y estudios clínicos con una precisión que hubiera sido inimaginable hace apenas dos décadas.
La evidencia disponible sugiere que el empobrecimiento del microbioma intestinal, secundario a dietas bajas en fibra, ricas en alimentos ultraprocesados y aceites vegetales industriales, no es un fenómeno neutro. Tiene consecuencias metabólicas, inflamatorias, neurológicas y psíquicas que se manifiestan en forma de lo que hoy denominamos enfermedades crónicas no transmisibles: diabetes, obesidad, depresión, neurodegenación. Desde esta perspectiva, restaurar la producción de AGCC a través de la dieta y el estilo de vida no es un acto meramente farmacológico: es un acto de reintegración del ser humano con su propia naturaleza biológica.
Desde la perspectiva de las tradiciones contemplativas con las que me identifico —el budismo tibetano, la filosofía taoísta, la Masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado—, el cuerpo humano es comprendido como un sistema de correspondencias cuya armonía es condición de la luz del espíritu. El intestino no es solo un órgano de digestión: es, en cierto sentido, el lugar donde el mundo exterior se transforma en sustancia interior. Que la ciencia moderna confirme la profundidad de esa transformación —hasta el punto de que lo que ocurre en el colon puede modificar la expresión génica en el cerebro— es, más que un dato, una invitación a la reverencia.
Finalmente, este artículo quiere ser también un llamado a la responsabilidad individual y colectiva. Las decisiones que tomamos en la mesa —qué comemos, cómo preparamos los alimentos, cuánta fibra incluimos en nuestra dieta— tienen consecuencias que van mucho más allá del plato: configuran el ecosistema microbiano que habitamos y que nos habita, y a través de él, moldean la calidad de nuestra cognición, nuestro estado emocional y nuestra resiliencia ante las adversidades de la vida. La salud, en su significado más amplio, comienza en el intestino.
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