El síndrome de Hammurabi en la gestión sanitaria
Responsabilidad, seguridad del paciente y aprendizaje institucional en Ecuador
Conferencia- SEPTIEMBRE/2026
Autor: Dr. Harvey Rivadeneira Galiano
Médico Cirujano | Máster en Alta Gerencia | Máster en Seguridad Nacional y Desarrollo
Experiencia: ex Presidente Fundaman, ex Subdirector de Salud del IESS y funciones de gestión sanitaria nacional e internacional
Prólogo personal
A lo largo de mi vida profesional he aprendido que la salud pública no se sostiene únicamente con hospitales, presupuestos o normas. Se sostiene, sobre todo, con personas que toman decisiones en condiciones reales: equipos clínicos, gestores, pacientes y comunidades. Mi formación como médico cirujano y mis estudios de posgrado en Alta Gerencia y Seguridad Nacional y Desarrollo me han permitido observar la atención sanitaria desde dos perspectivas inseparables: la del paciente que necesita cuidado oportuno y la de la institución que debe organizar recursos, procesos y responsabilidades.
En mis funciones como Subdirector de Salud del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social y en otros espacios de gestión nacional e internacional, he visto que las decisiones administrativas repercuten directamente en la práctica cotidiana. La disponibilidad de talento humano, medicamentos, infraestructura, información y coordinación puede fortalecer la atención o volverla más vulnerable. Por eso, cuando ocurre un daño, la pregunta no puede limitarse a quién estaba al final de la cadena. También debemos preguntarnos qué condiciones se construyeron —o se dejaron de corregir— antes de que el evento ocurriera.
Esta conferencia nace de esa reflexión. Uso la expresión “síndrome de Hammurabi” como una metáfora crítica de la respuesta que busca castigar al profesional visible sin examinar suficientemente los factores organizacionales. No pretende negar la responsabilidad individual ni disminuir el dolor de pacientes y familias. Propone algo más exigente: investigar con rigor, reparar cuando corresponda, rendir cuentas con justicia y transformar las condiciones que permiten que el daño se repita.
Resumen
Esta conferencia analiza el llamado “síndrome de Hammurabi” como una metáfora de la respuesta punitiva que individualiza el daño sanitario y deja intactas las condiciones que contribuyeron a producirlo. A partir de la seguridad del paciente, el modelo de defensas sucesivas de James Reason, el análisis de incidentes y la orientación de la Organización Mundial de la Salud, se plantea que una gestión responsable debe combinar aprendizaje sistémico con rendición de cuentas proporcional. En Ecuador, la normativa de seguridad del paciente ofrece un marco para notificar, analizar y reducir riesgos. Se proponen acciones para fortalecer una cultura justa, integrar la atención primaria y las redes, involucrar a pacientes y familias, y convertir las recomendaciones de cada análisis en mejoras verificables.
Palabras clave: seguridad del paciente, cultura justa, gestión sanitaria, eventos adversos, análisis de causa raíz, redes integradas de servicios de salud.
Introducción
La seguridad del paciente es una responsabilidad clínica y gerencial. La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de uno de cada diez pacientes sufre daño durante la atención sanitaria y que más de la mitad de ese daño podría prevenirse. Estas cifras describen una carga mundial y no deben interpretarse como una medición específica de Ecuador; sí muestran por qué las instituciones necesitan sistemas confiables para identificar riesgos, aprender y actuar.
En la práctica, un evento adverso puede desencadenar dos respuestas muy distintas. Una busca rápidamente un nombre y una sanción. La otra protege al paciente, esclarece los hechos, escucha a quienes participaron y examina las condiciones de trabajo, los procesos y las barreras de seguridad. La segunda no significa impunidad: distingue entre error humano, conducta de riesgo y conducta temeraria o intencional, y ajusta la respuesta a la evidencia.
La tesis de esta conferencia es que la alta gerencia debe liderar una transición desde la reacción centrada en culpables hacia una gestión que prevenga el daño, investigue con independencia y corrija las fallas del sistema, manteniendo mecanismos claros de responsabilidad profesional e institucional.
La metáfora de Hammurabi y sus límites: El Código de Hammurabi, del siglo XVIII antes de nuestra era, contiene disposiciones severas sobre el resultado de ciertos actos quirúrgicos, con sanciones distintas según la condición social de las personas implicadas. La imagen de la mano amputada se ha convertido en un símbolo potente de castigo. Sin embargo, el título “síndrome de Hammurabi” es una metáfora contemporánea, no una categoría clínica ni una denominación histórica formal. Tampoco debe confundirse la complejidad de la antigua sociedad babilónica con la realidad de la medicina actual.
La metáfora resulta útil cuando señala una práctica institucional: después de un resultado grave, se sanciona al profesional más visible como demostración de control, aun cuando las causas incluyan turnos excesivos, supervisión insuficiente, fallas de comunicación, equipos defectuosos o abastecimiento inadecuado. La metáfora deja de ser útil si se usa para afirmar que toda sanción es injusta o que la responsabilidad profesional nunca corresponde.
El daño ocurre en sistemas complejos: La atención sanitaria depende de múltiples decisiones encadenadas. Una prescripción, una dispensación, una transferencia, la disponibilidad de una cama y la comunicación entre turnos pueden formar parte del mismo recorrido asistencial. En el modelo de defensas de James Reason, cada barrera reduce el riesgo, pero puede tener vulnerabilidades. El daño es más probable cuando varias debilidades coinciden y ninguna barrera logra detener la trayectoria del riesgo.
Este enfoque no convierte al sistema en una abstracción ni borra las decisiones individuales. Permite estudiar cómo interactúan las personas, las tareas, la tecnología, la organización y el entorno. Un error activo puede ser el último eslabón visible; las condiciones latentes suelen formarse mucho antes, en decisiones de diseño, capacitación, dotación, mantenimiento y supervisión.
Por ello, afirmar que “el error humano es consecuencia” sirve como orientación para investigar, pero no como regla absoluta para cerrar el análisis. Hay que determinar hechos, contexto y grado de control razonable de cada actor. El objetivo es explicar lo ocurrido y reducir la probabilidad de recurrencia.
Cultura justa y responsabilidad: Una cultura justa reconoce que los profesionales pueden equivocarse y que las organizaciones pueden crear condiciones inseguras. También reconoce que ciertos comportamientos requieren una respuesta individual. La OMS, en su Plan de Acción Mundial para la Seguridad del Paciente 2021–2030, recomienda promover una cultura de respeto, apertura y transparencia que favorezca el aprendizaje, y establecer distinciones claras entre error y negligencia para tomar medidas apropiadas.
En la gestión, esto exige evitar dos extremos. La sanción automática genera temor y puede reducir la notificación de incidentes. La ausencia de evaluación, por su parte, debilita la confianza pública y puede dejar sin respuesta conductas deliberadas o imprudentes. La decisión debe basarse en evidencia, debido proceso, proporcionalidad y aprendizaje. La investigación de seguridad y los procedimientos disciplinarios o judiciales pueden tener propósitos distintos y requieren garantías propias.
Del evento centinela al aprendizaje: Ante un evento grave, la institución debe atender primero las necesidades clínicas y humanas inmediatas del paciente y su familia. Luego debe preservar la información, comunicar con honestidad dentro del marco aplicable, notificar el incidente y realizar un análisis multidisciplinario. El análisis de causa raíz es una familia de métodos estructurados; no es una fórmula que garantice descubrir una causa única. Los eventos complejos suelen tener factores contribuyentes múltiples.
Una investigación útil reconstruye la secuencia; identifica barreras que funcionaron y que fallaron; examina carga laboral, comunicación, capacitación, disponibilidad de insumos, diseño de tareas y tecnología; escucha a pacientes y trabajadores; y separa hechos comprobados de hipótesis. Debe concluir con medidas específicas, responsables, plazos y criterios para comprobar si el riesgo disminuyó.
La notificación por sí sola no mejora la seguridad. La OMS advierte que los sistemas de reporte tienen fortalezas y limitaciones: los datos pueden revelar patrones, pero deben interpretarse con cautela. La gerencia debe proteger la confidencialidad en la medida permitida, facilitar la comunicación sin represalias por errores de buena fe y devolver a los equipos información sobre las acciones adoptadas.
La responsabilidad gerencial en las redes de atención: En redes integradas, la seguridad no termina en las paredes del hospital. Incluye continuidad entre atención primaria, servicios ambulatorios, hospitales, emergencias y transporte sanitario. Una referencia incompleta, la demora en obtener una cama o la falta de información clínica pueden trasladar el riesgo de un establecimiento a otro. La coordinación debe diseñarse y medirse como parte de la calidad.
La alta gerencia tiene obligaciones concretas: asegurar dotación y competencias compatibles con la demanda; mantener equipos e infraestructura; garantizar insumos críticos; estandarizar procesos de alto riesgo; facilitar comunicación entre niveles; y revisar si los indicadores reflejan resultados reales o solo cumplimiento documental. Las metas financieras son necesarias, pero no deben desvincularse de consecuencias clínicas previsibles. Las decisiones presupuestarias también son decisiones de seguridad.
En Ecuador, el Manual de Seguridad del Paciente para el Sistema Nacional de Salud establece lineamientos para identificar, registrar, notificar y analizar incidentes, así como para reducir riesgos y aplicar acciones preventivas y correctivas. Su valor depende de la implementación en los establecimientos, de la capacidad de los equipos para usarlo y de que las recomendaciones se traduzcan en cambios sostenidos.
Una agenda práctica para la alta dirección gerencial:
1. Hacer visible el compromiso directivo. Revisar periódicamente riesgos prioritarios junto con equipos clínicos y escuchar reportes de primera línea.
2. Crear canales de notificación confiables. Simplificar el reporte de incidentes y cuasi incidentes, explicar su propósito y proteger la información conforme a la normativa.
3. Analizar con equipos multidisciplinarios. Incorporar experiencia clínica, enfermería, farmacia, calidad, ingeniería, gestión y, cuando sea pertinente, pacientes y familias.
4. Distinguir tipos de conducta. Evaluar el contexto y la intencionalidad, con criterios conocidos, debido proceso y respuestas proporcionales.
5. Priorizar cambios de sistema. Corregir problemas de carga laboral, comunicación, abastecimiento, mantenimiento, interfaces y diseño del proceso.
6. Cerrar el ciclo de mejora. Asignar responsables y plazos; verificar ejecución y efecto; compartir aprendizajes en toda la red.
7. Medir cultura y resultados. Combinar indicadores de daño, cumplimiento de prácticas seguras, notificación, tiempos de respuesta y percepción de pacientes y trabajadores.
Conclusiones
La seguridad del paciente no se fortalece buscando un culpable después de cada daño. Se fortalece cuando la institución responde con humanidad, investiga con rigor y corrige las condiciones que hicieron posible el evento. La metáfora de Hammurabi advierte sobre el costo de sustituir la gestión del riesgo por el castigo ejemplarizante.
La cultura justa no elimina la responsabilidad: la hace más precisa. Protege el aprendizaje frente al error de buena fe y mantiene respuestas firmes, proporcionales y sujetas a evidencia ante conductas que lo ameritan. En ambos casos, la organización debe examinar su propio papel.
Desde la experiencia médica y gerencial, la tarea de la alta dirección consiste en acercar las decisiones a la realidad del territorio, proveer condiciones seguras y comprobar que las mejoras se sostengan. El indicador más importante de una investigación no es cuántas sanciones produjo, sino si el riesgo disminuyó y si pacientes, familias y trabajadores pueden confiar en que se aprendió de lo ocurrido.
Bibliografía
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